Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Cantando boleros

Tiene toda la razón Humberto de la Calle cuando critica la decisión de la Corte Constitucional que abre el boquete para que el Congreso le haga cambios al acuerdo con las Farc. Cierto: también fue elocuente la defensa pública que hizo de aquella el presidente de la Corte. Tanto que, cuando la oí, me acordé de Un mundo diferente, la canción de los hermanos Arriagada que ha sido fuente de felicidad para los melómanos y los enamorados en este continente durante décadas.

Pues ahora nos va a tocar a los colombianos cantarle al presidente de la Constitucional las primeras líneas de ese fabuloso bolero: “Tú me haces ver un mundo diferente...”. Es que su razonamiento parece reducirse a un punto: con las nuevas reglas aumentará la posibilidad de participación de todos los actores, y por lo tanto la calidad de las decisiones. Cito de memoria lo que le oí en los noticieros, pero no creo estarlo haciendo de manera maliciosa. Y precisamente esa premisa refleja una fantasía primitiva llena de ingenuidad: “... un mundo que no estaba aquí en mi mente —un mundo donde jamás llega el dolor...”.

O, para pasar de los boleros al ámbito mucho menos colorido pero más relevante para el asunto que nos compete de las ciencias sociales, se trata de un caso de manual de rebelión de un liberalismo de mala ley contra la noción misma de Estado. El síndrome ha sido identificado múltiples veces por diversos autores, desde Daniel Pécaut (el primero que explicó por qué pasaba eso y cuáles eran sus consecuencias) hasta Mauricio García, pasando por el último libro de Claudia López.

En este caso, el presidente de la Constitucional omitió dos detallitos. Primero, el Estado existe. Fue él, y no una o dos personas, o una o dos corporaciones, quien adoptó el compromiso con la guerrilla, y lo firmó de manera solemne. Los compromisos de Estado se cumplen, no sólo porque no hacerlo está mal en sí —un punto que ha enfatizado adecuadamente el doctor De la Calle—, sino porque las consecuencias para mañana de no hacerlo hoy son fatales. Múltiples aspectos del orden social dependen de la credibilidad de la palabra empeñada del Estado. Figúrense la futesa que está socavando la Corte.

Pero, segundo, en el mundo —el real, no el del bolero— existen el rozamiento, el peligro, la dificultad para ponerse de acuerdo. La participación tiene beneficios, pero también costos y riesgos inevitables. Tendencialmente, es decir, si el ejercicio se puede repetir muchas veces, entonces los beneficios de la participación superan de lejos sus costos: estoy muy convencido de ello. Pero el trámite de este acuerdo es un evento único: no se repetirá. Y, aunque soy la persona menos inclinada a la demagogia antiparlamentaria, sé que hasta un niño podría darse cuenta de que la participación concreta y real en el Congreso colombiano —no en el mundo diferente— implica abrirle la puerta a toda suerte de distorsiones y cambios que no necesariamente mejorarán el acuerdo, y que de hecho pueden distorsionarlo de manera irreparable.

¿Qué hacer frente a esto? Las reglas son para todos, y esta determinación es ya un hecho cumplido que no se puede cambiar. Bueno, tratar de aplicar la receta que ofrecen los hermanos Arriagada: hacer “que nadie se dé cuenta que él [el mundo diferente] existe”. Es decir: formar una coalición sólida y seria que haga respetar la palabra empeñada. Mejorar —mucho— la pedagogía para la paz. Y dejar de abusar —como lo ha hecho tan reiterada y desafortunadamente el Gobierno— de la vía rápida. Pues fue el alegre abuso del mecanismo por su parte —aprovechando para meter por esa vía propuestas no directamente relacionadas con el acuerdo, o incluso contrarias a él— el que lo hizo vulnerable.

 

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