Por: Esteban Carlos Mejía
Rabo de paja

Canto de amor a una familia

La historia oficial del amor, de Ricardo Silva Romero, va de para atrás en contravía del tiempo. Empieza el jueves 1° de enero de 2015 y casi termina el viernes 15 de abril de 1932, 83 años antes. Narra la historia de la familia del autor: sus avatares, esperanzas y realidades.
El elenco es superlativo. El abuelo Alfonso Romero Aguirre, orador de fuego liberal. El tío Alfonso Romero Buj, precursor del maoísmo en Colombia, asesinado junto a su esposa embarazada por una dizque disidencia del Ejército Popular de Liberación, Epl. La mamá, Marcela Romero Buj en la casa y Marcela Romero de Silva en la calle, abogada vertical e inquebrantable. El papá, Eduardo Silva Sánchez, profesor de física, predestinador del tarot, ser entrañable e inolvidable. Los amigos de la casa, con nombres y apellidos impronunciables para provincianos como yo, unidos por el éxtasis de la amistad y la fraternidad. Y los hijos, Eduardo, el mayor, y este Ricardo, sensibles, perspicaces y tiernos, a cuyo alrededor no gira el sol, pero sí el cariño de sus padres.

¿Cómo hizo este Ricardo para ir más allá del nepotismo? ¿Cómo hizo para que uno se desentienda de los lazos familiares y lea la historia como una espléndida novela de aventuras? Parte del secreto está en su carencia de narcisismo y en su capacidad de narrar sin trascendentalismos ni moralinas laicas o religiosas, pues “una familia es contar los mismos cuentos hasta que un día se vuelvan ficción”. Más el sentido del humor, la dicha incorruptible de la risa. Por ejemplo, una vez al papá lo operan de corazón abierto y la mamá le pregunta si había visto la luz y el túnel y eso que cuentan los que vuelven de la muerte, las vainas que salen en el canal Infinito, y él le responde que “no porque iba sin gafas”. Y así, capítulo a capítulo, agudezas tras agudezas.

Suscribo al pie de la letra lo que han dicho Luis Fernando Afanador y Juan Gabriel Vásquez, que a veces (sic) suelen discrepar sobre obras y autores. Afanador: “Ricardo Silva Romero se pregunta por sus mitos familiares y, vadeando el exhibicionismo y la cursilería, (…) consigue que el lector lo acompañe en ese propósito”. Vásquez: “Una de las exploraciones más certeras y más conmovedoras de una pregunta esencial: cómo llevar una vida buena en un país tan violento, tan mezquino y tan cruel como la Colombia de las últimas décadas”.
A modo de colofón me limito a añadir que yo no quiero tener un papá como Eduardo Silva Sánchez. Yo quiero ser un papá como Eduardo Silva Sánchez: amado, idolatrado, adorado, novelado por sus hijos. O, al menos, poetizado. Gracias, Ricardo, por escribir tan bien y tan bueno. Y por darnos este ejemplo de amor y generosidad.

Rabito: “Ay, Dios, que no les pase nada malo, nada más. Que ella sepa que, a pesar de todo, de su ensimismamiento y su profundo silencio, lo tiene a él, y así será. Después de años y años de casados, y de rutinas, quizás no sea tan evidente este amor, pero ¿y si el amor, como piensa el tarot, no es solamente una suerte, sino también un destino?, ¿y si el amor no es solo un accidente, sino, más bien, una disciplina y un empeño?”.
Ricardo Silva Romero. Historia oficial del amor, Alfaguara, marzo de 2016.

Rabillo: No es por nada ni por nada, pero el performance que Frank Báez, uno de mis poetas preferidos; Laura Mejía-Posada, mi Conga, y otros soñadores hicieron el sábado pasado en La Pascasia, en Medellín, fue un jubiloso zafarrancho poético-musical.

@EstebanCarlosM

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Esteban Carlos Mejía

Duque, el eunuco de Uribe que canta y baila

¿Estamos dormidos o muertos?

¿Capón o castrato?

Los perros duros no bailan