Por: Fernando Araújo Vélez

Canto general

Su vida, solía decir, se había ido construyendo de palabras, o por las palabras, gracias a Canto general, un libro de poemas de Pablo Neruda que le había regalado su único tío. Habían sido las palabras dichas y las palabras escritas, o incluso las palabras calladas, las que habían disparado los hechos que la llevaron a ese momento, pues la poesía era y debía ser subversiva, y ella lo repetía cada vez que podía. Era subversiva porque decía lo que los defensores de las versiones del orden no querían que se dijera. Era subversiva porque engañaba, porque seducía, porque jugaba, mataba, resucitaba, hería y salvaba.

Lo había dicho la noche anterior en una charla ante unas veinte personas, y luego, en un bar, con algunos de los que habían estado en su charla, aclaró que quien escribía un poema siempre era subversivo, y quien lo leía y lo recitaba, también. El amor era subversivo y la muerte era subversiva, porque el amor y la muerte estaban mucho más allá de las definiciones de los diccionarios, y los diccionarios eran el orden, la convención, el dictado de quienes tenían y habían tenido el poder desde los siglos de los siglos.

Ella era subversiva por el simple hecho de escribir poemas, y se apegaba cada vez más a la palabra subversión. Desde niña había jugado a desglosarla. A poner en un lado las versiones, y en otro, los sótanos. En uno lo sub, y en otro lo visible. De tanto hurgar y buscar y asomarse a los subsuelos, fue viviendo su vida desde lo que no se veía, desde la claridad de lo oscuro, y acabó por contar múltiples versiones sobre los múltiples hechos que vivió. Por las palabras, gracias a sus palabras, aprendió a comprender en vez de juzgar, y a que escribir era en sí mismo un fin que aliviaba el sinsentido de la vida.

Las palabras, sus palabras, también la condenaron, porque en los anales de las fuerzas del orden estaba señalada como subversiva, y los agentes de ese orden buscaban a los subversivos, los detenían, los juzgaban, basados en amañadas pruebas y en pagados testimonios, y los condenaban a lo que se les ocurriera en nombre del orden. A ella la detuvieron un 30 de diciembre a las cinco de la tarde, como en el poema de García Lorca. Cuatro atildados oficiales de lentes oscuros se la llevaron en un carro negro. Ella salió de su casa sin oponer resistencia, muy despacio, para tener tiempo de hacerse la desentendida y arrojar por ahí un papelito donde había escrito que era urgente y necesario subvertirlo todo, hasta las culpas.

Cuando llegó a la comisaría, sus cuatro ordenados guardas la dejaron en una húmeda sala de dos por dos, donde media hora después la fue a interrogar el jefe del comando antisubversivo, que llevaba Canto general bajo el brazo.

 

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