Por: Gonzalo Silva Rivas

Capital social

Mientras la administración bogotana maquilla la decisión de poner en marcha un proyecto de turismo para la inclusión, algunos particulares de tiempo atrás abonan el campo y lideran interesantes experiencias en modalidades comunitarias con positivos impactos sociales y ambientales.

Sin mayor difusión ni la debida atención oficial estos intentos aislados contribuyen ciertamente a dinamizar pequeñas economías locales, a visibilizar comunidades marginadas y a sensibilizar al turista sobre sus realidades y su identidad cultural.

En Ciudad Bolívar, donde pobreza y marginalidad identifican las condiciones de vida de sus habitantes, hace dos años una afortunada alianza de cincuenta campesinos promovió la Asociación Turismo Rural Comunitario (6-392051). Hoy trabaja con una docena de paquetes ecoturísticos y agroturísticos que son un llamado a descubrir la cara oculta, espléndida y sorprendente de esta extensa localidad. Su zona rural abarca el 74% del territorio y es generosa en microclimas, bosques, paisajes y aguas frescas. Escenarios naturales para la práctica de deportes extremos, magníficos miradores, fincas temáticas y gastronomía ancestral conforman una propuesta turística atractiva y segura, pero poco conocida y apreciada.

En el corazón de Bogotá, Colombian Quest ([email protected]) desarrolla el concepto de voluntourism, turismo comunitario y social, dirigido a contactar y traer voluntarios extranjeros para acercarlos a las comunidades vulnerables, compartir con ellas sus rutinas y brindarles asistencia. En asocio con la Cooperativa de Recicladores organiza uno de sus tures más conocidos para explorar en detalle, sitio por sitio, todo el proceso de transformación residual. Además, con apoyo de diversos profesionales promueve eventos de acompañamiento turístico para permitirle a población marginada el acceso a esta actividad.

Son propuestas alternativas sacadas adelante a pulso que benefician económica, social y culturalmente a sectores excluidos. Se les integra y articula y se les crea sentido de pertenencia pero más aún se les incorpora como beneficiarios directos con opción de recibir algunos ingresos monetarios y mejorar sus condiciones. Bogotá, claro está, no resulta ajena a los dividendos en materia de desarrollo sostenible, respeto ambiental, diversificación de micro economías y fortalecimiento de la asociatividad como herramienta para generar tejido humano y capital social.

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