Por: Pascual Gaviria

Capos del montón

LOS CAPOS DEL NARCOTRÁFICO SIguen usando los mismos relojes, las mismas camionetas y el caro favor de las mismas mujeres.

Siguen inspirando el mismo miedo y por el secreto de sus cambuches se pagan los mismos millones de dólares. Pero han perdido el valor de íconos de la extravagancia y las grandes virtudes de escapistas que los llevaron hasta las puertas del encantamiento.

Debemos reconocerle un triunfo a la larga cruzada contra las drogas. Un triunfo simbólico, claro, pero es lo único para mostrar. Los mafiosos de talla mayor se han convertido en figuras deleznables: oficinistas de tercera según la chapa acuñada por una nueva generación crecida en Envigado. Capos que son simples mayordomos con algunos años de experiencia en el negocio. Las grandes fiestas, las estrategias para asegurar la lealtad, la audacia de las coronadas son ahora secretos de la cuadrilla de turno. Pasamos de la mítica avioneta sobre el portón de Nápoles a los anónimos semisumergibles. Hasta la Fiscalía tiene problemas para completar la hoja de vida de los más buscados. Para lograr la detención preventiva de alias Douglas, uno de los duros de la ‘Oficina de Envigado’ según los volantes de la Policía, la fiscal de turno necesitó nueve horas de lucha e imaginación. Parece que ahora es más fácil capturarlos que condenarlos.

Se ha pasado de los peces gordos a un discreto cardumen de pirañas, de la aristocracia a la clase media, del Don al Lavaperros beneficiado por la movilidad social. Y la Policía y el Gobierno tienen más láminas para intentar llenar el infinito álbum de capturas. Es la revolución de nuestro narcotráfico: poco cacique y mucho indio.

Hace 20 años largos los periódicos del mundo se preguntaban por qué la captura de Carlos Lehder no movía la estable bolsa del narcotráfico: “El hecho no ha perturbado para nada el negocio de la droga, no ha subido ni bajado el precio de la cocaína, no ha subido ni bajado el valor del dólar en el mercado negro”, decía El País de España. Los hombres pasan y quedan las “instituciones”.

Ahora nos quieren demostrar que un aleteo en Necoclí puede causar una marea en las discotecas de Nueva York. Tal vez lo único que no ha cambiado es la rentabilidad política de las capturas. Los mafiosos esposados o despanzurrados siguen siendo una imagen vendedora. Así no los conozcan sino en la Dijín. Luego de la captura de Don Mario el presidente Uribe dijo sentir un gran alivio en su corazón grande y una renovada “esperanza de que Colombia, en un tiempo no muy lejano, se va a librar de toda la delincuencia”. Su ministro de Defensa, candidato más audaz, se atrevió a decir que el supuesto aumento del precio de la coca en Estados Unidos estaba relacionado con su juego de organigramas.

La respuesta para el optimismo desmesurado puede venir desde Washington. Hace unos meses se habló del mismo incremento en el precio y las palabras de John Walsh, director de la oficina para asuntos latinoamericanos en esa capital, fueron sencillas: “Los precios suelen fluctuar dependiendo de la demanda y la oferta. No necesariamente se puede decir que cuando sube el precio se está triunfando”. Los analistas hablan de la necesaria venta de confianza para que el Congreso apruebe un paquete de ayudas a México en su lucha antidrogas. Es necesario no desanimarlos con la lectura de periódicos viejos. Al final de su mandato, Vicente Fox dijo con orgullo: “El gobierno federal ha golpeado con decisión a carteles y bandas de narcotraficantes. Han caído 40 grandes capos de la droga”. Es seguro que Felipe Calderón duplicará la cifra durante sus seis años de batalla. Poco a poco lograrán la democratización del negocio. Conquista social de nuestra lucha contra las drogas.

 

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