Por: Mauricio Botero Caicedo

Cara gano yo, sello pierdes tú

POCOS TEMAS HAN CAUSADO MAYOR revuelo en Estados Unidos que las utilidades descomunales del Grupo Goldman & Sachs, G&S. Varios desarrollos han contribuido a este revuelo: el primero es el monto en sí, ya que pocas veces una institución crediticia había logrado utilidades de US$4.000 millones en un trimestre.

Un segundo aspecto que llama poderosamente la atención es que G&S era una de las instituciones que le habían solicitado recursos al gobierno federal para poder afrontar la crisis económica, monto que repagó hace dos semanas. Un tercer aspecto es que dichas utilidades se originan en las mismas actividades de trading de derivativos que contribuyeron de manera significativa a la crisis. Es decir, en la comercialización de todo tipo de instrumentos (cuyo riesgos inherentes el propio banco no necesariamente entiende) a unos compradores que generalmente ignoran lo que en realidad están adquiriendo. Finalmente, muchos se preguntan si fue oportuno de parte de G&S el haber hecho públicas —en medio de la mayor crisis económica en los últimos 50 años y con un desempleo aproximándose al 15%— estas utilidades en vez de diferirlas contablemente en el tiempo.

Paul Krugman, en reciente artículo (New York Times, julio 18/09), critica acerbamente al Grupo Goldman & Sachs. Para el economista estadounidense, lo que es bueno para los ejecutivos y accionistas de esta firma, dista mucho de ser bueno para el país en su conjunto. Según Krugman, la función principal de un banco de inversión es la canalización del ahorro hacia fines productivos, por medio de instrumentos sofisticados e innovadores, que a su vez amplíen la cobertura y disminuyan del riesgo. Krugman afirma que las actividades especulativas de G&S y las otras instituciones financieras lo que en realidad han hecho es concentrar y aumentar el riesgo.

Lo que es inevitable es una drástica revisión de las reglas de juego. El nuevo entorno regulatorio debería enfocarse, entre muchos, en cuatro aspectos: El primero es en obligar que haya una proporcionalidad bastante más estrecha entre las operaciones de riesgo que asumen las instituciones financieras y el nivel de recursos propios, o capital: si se pretende especular —en derivativos, monedas, tasas de interés o cualquier tipo de instrumento— lo tendrán que hacer es con recursos de los accionistas y no del público. El segundo aspecto tiene que ver con la transparencia. Es buena hora de cerrarles las puertas a las triquiñuelas contables y financieras que les permiten a las instituciones disfrazar su verdadero nivel de riesgo. La tercera reforma tiene que ver con la compensación de los ejecutivos, que tiene que estar es atada a los instrumentos que colocan. Si el ejecutivo se enriquece vendiendo activos tóxicos, que se le remunere con su propio cocinado. Finalmente está el limitar el denominado “riesgo moral”, en donde las instituciones financieras especulan en la certeza e que el Estado, con recursos de los contribuyentes, acudirá a salvarlos en casos de iliquidez o de insolvencia.

Apostilla: Mientras que periódicos como el New York Times, en reciente artículo de Elizabeth Rosenthal (que a su vez reproducen los principales periódicos del mundo) resalta los incuestionables logros y beneficios del Transmilenio en Bogotá, algunos transportadores locales le siguen haciendo trampa a la ciudadanía. Según la prensa, de los 1.174 buses que los transportadores se comprometieron a retirar, 800 ya no circulaban por esa vía. Hace unos años los transportistas se robaron buena parte de los recursos para la chatarrización y hoy pretenden ponerle nuevamente conejo a la ciudad. Ojalá la Fiscalía tenga el coraje de perseguir penalmente a estos pícaros.

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