Por: María Elvira Bonilla

Caracas apagada

EN VENEZUELA LLENAR EL TANQUE de gasolina del carro cuesta $2.000. Vale más una botella de agua o una Coca-Cola. Caracas es una ciudad sin andenes, porque no hay peatones ni vías para los miles de enormes vehículos que hacen del tráfico una pesadilla. Para los venezolanos el petróleo es como “el aire que respiran”, gratis, inagotable, omnipresente. Pero tanta facilidad tiene su precio, el regalo de la naturaleza le ha resultado costoso al país, pues como todo lo regalado y excesivo termina perjudicando.

De ese facilismo nace la no planificación del desarrollo, el caos urbano caraqueño, donde ricos y pobres, los edificios y el tugurio, invaden los cerros sin trazado, regulación o norma. Y nace también su incapacidad histórica, no sólo de Chávez, para aprovechar su inmensa riqueza natural —la mayor reserva petrolera del mundo— para “sembrar el petróleo”, como decía Arturo Uslar Pietri, y generar desarrollo y riqueza como nación. La irracionalidad económica es tal que Venezuela, que provee de combustible a medio mundo, es hoy un país apagado, sometido a cortes y racionamientos eléctricos.

Hugo Chávez es la expresión superior de esta inconsciencia e irresponsabilidad colectiva en el (des)aprovechamiento de la billonaria renta petrolera. Por sus manos de gobernante arbitrario y autoritario se han escurrido, en sus 12 años de gobierno, más de US$950 mil millones, esfumados en medio de una verborrea interminable, de una verdadera catarata de palabras altisonantes y vacías. Mucha consigna trasnochada, pero sin avances sociales, culturales o económicos: una inflación superior al 30%, una caída del PIB del 3%, el aparato productivo desmantelado, el desempleo incontenible, el empobrecimiento generalizado y la violencia y el miedo apoderados de las calles. El espejismo asistencialista que regó a través de las 21 “misiones” que desarticularon al Estado al crear otro de facto, manejado directamente por Chávez con la caja menor del petróleo, se agota sin transformar el futuro de los pobres ni del país.

El propósito de Chávez y de su “Socialismo del siglo XXI” —ahora sí Venezuela es de todos—, era precisamente redistribuir la renta petrolera, que es como decir la riqueza nacional. Pero, ¡qué va!, en zonas miserables como el barrio San Agustín, un asentamiento informal de hace medio siglo, permanecen los mismos tugurios hacinados, testimonio irrefutable de que en 12 años sólo ha construido 230.000 viviendas, del millón y medio que prometió. Todo allí sigue igual a pesar de ser una de las vitrinas del chavismo con programas como el metrocable, los alimentos subsidiados y las misiones como la de salud con sus 34.000 médicos o paramédicos cubanos, como compensación por el petróleo que les llega subsidiado. 

La decepción y la rabia caminan por las calles de Caracas. Un malestar aún sin expresión política. La constelación de las 62 organizaciones antichavistas reunidas en la Mesa de la Unidad están lejos de construir un mínimo común denominador de acción y de propuestas que les permita pasar de las lamentaciones a los resultados. Y mientras avanza incontenible la verborrea y la arbitrariedad presidencial, Caracas se apaga.

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