Por: Luis I. Sandoval M.

Carlos Gaviria: Maestro de vida

Muchas voces han expresado admiración hacia Carlos Gaviria Díaz, fallecido en Bogotá el martes 31 de marzo a los 78 años.

Merecido homenaje ya rendido por Rodolfo Arango con una excelente columna cuando aún la afección pulmonar no había terminado con el periplo vital del jurista, catedrático, defensor de derechos humanos, magistrado y político alternativo. El Espectador editorializó el 1º de abril.

Le decíamos Maestro, en un sentido similar al que este reconocimiento tenía para Estanislao Zuleta, Gerardo Molina u Orlando Fals. Ellos fueron estrellas rutilantes que no alcanzaron a disfrutar en vida el triunfo del proyecto de cambio con que estaban comprometidos.

Gaviria no es excepción. Más notorio en él por cuanto poseía una concepción extraordinariamente innovadora de la política, pero no tenía la libido imperandi, el apetito de gobernar, que es propio de la profesión de político como lo señaló Max Weber: “El político opera con la ambición de poder como un medio inevitable”. Gaviria mismo reconocía esta condición.

Lo conocí personalmente cuando con el liderazgo de Lucho Garzón impulsábamos el Frente Social y Político después de la conmoción que en las izquierdas había producido el asesinato del también brillante abogado Eduardo Umaña Mendoza (abril 18 de 1998). En las exequias de Eduardo en la Universidad Nacional, su padre, Eduardo Umaña Luna, otro gran maestro, había sentenciado: la guerra en Colombia tiene que llegar a su fin porque es autodestructiva no emancipatoria (cito de memoria).

Carlos Gaviria, recién terminada su paradigmática magistratura en la Corte Constitucional (1993-2001), dio el paso a la política militante – de la mano de Lucho Garzón y Orlando Fals - y comenzó a ser un asiduo, disciplinado y entusiasta impulsor de ese germen de articulación de fuerzas alternativas que, en Colombia, era el reflejo de la nueva izquierda que comenzaba a triunfar en Uruguay, Venezuela, Brasil… para dar lugar a lo que se llamó muy pronto la primavera democrática de América Latina.

Gaviria fue defensor de derechos humanos y de presos políticos en los 80. Por esa causa tuvo que exiliarse un tiempo en Argentina. El, sin ambages, era un doctrinante del derecho de rebelión, por ello en ningún momento vaciló en reconocer el carácter político de la insurgencia armada. Uno de sus defendidos en juicio verbal de guerra fue Ernesto Rojas, Comandante del EPL. Por esa época Gaviria Díaz, junto con García Márquez, era integrante y vocero acreditado del Tribunal Russell en Colombia.

Gaviria, obvio, nunca se adscribió ni intelectual ni prácticamente a la lucha armada. Su proyecto, el que compartimos en el Frente Social y Político y luego en el Polo Democrático Alternativo, fue el de democracia radical por medios de lucha civil, en procura de la vigencia plena de la moderna plataforma de derechos contenida en la Constitución de 1991.

Al término de la Alcaldía de Lucho Garzón hubo unanimidad en el Polo, incluidos los precandidatos del momento (2007), en que Gaviria, candidato presidencial descollante en 2006, asumiera la candidatura en Bogotá. Consultado por teléfono si aceptaba la postulación, desde un tren que lo llevaba a Atenas a dictar una conferencia nos respondió rotundamente que no.

Gaviria deja una estela de maestro de vida que se guía en toda circunstancia por una eticidad laica, rectitud y transparencia inquebrantables. Su muerte permite exaltar estas calidades cuando la crisis de la Admirable Corte las hace ver más necesarias. Su legado será un poderoso faro en la construcción de paz como realización de un verdadero Estado Social de Derecho. No se ha ido, sigue vigente y presente en el alumbramiento de la república social.



@luisisandoval

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