Por: Mauricio García Villegas

Carlos Gaviria, in memóriam

Cuando yo estudiaba derecho en Medellín, lo que me gustaba era la filosofía, o por lo menos la filosofía del derecho.

Todos los días iba a la Universidad Pontificia Bolivariana y en vano trataba de encontrar profesores que me enseñaran lo que yo quería aprender. Al verme tan desubicado, Héctor Abad Gómez, quien me conocía desde niño, me propuso que hablara con Carlos Gaviria Díaz, su amigo, a ver si él me rescataba de la aridez intelectual de la UPB. Carlos, quien en ese entonces era un joven profesor de la Universidad de Antioquia, me recibió en su oficina de la facultad de derecho. Cuando le conté lo que estaba leyendo me dijo que dejara eso de lado y que mejor leyera El concepto del derecho, de Herbert Hart, un libro que, por aquellos años, casi nadie conocía en Colombia, ni siquiera en Bogotá, y que es, a mi juicio, el libro más bello e importante de teoría jurídica escrito en el siglo XX.

Carlos era, pues, como lo muestra esta anécdota, un profesor fino e ilustrado, siempre al tanto de las publicaciones más actuales e importantes, y eso mucho antes de que internet vulgarizara la erudición. Por eso mismo, Carlos no sólo era muy riguroso cuando hablaba de sus autores favoritos (desde Sócrates hasta Borges, pasando por Platón, Immanuel Kant, Karl Kraus, Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein), sino que sentía un gran pudor académico cuando escribía, lo cual explica que publicara tan poco a lo largo de su vida. La proliferación de libros pretenciosos, vacuos e intrascendentes le parecía un mal del subdesarrollo. Por eso prefería el habla, por ser una expresión del pensamiento menos comprometedora que el escrito. Pero incluso cuando hablaba ponía todo su empeño en la claridad. Cuando algo no se puede explicar claramente, decía siguiendo a su maestro Wittgenstein, es mejor callarlo.

Si Carlos hubiese nacido en un país con menos problemas, seguramente se habría dedicado a enseñar las ideas de sus filósofos liberales de cabecera. Pero como nació aquí, en medio de tanta violencia y de tanta injusticia, no sólo fue profesor, sino también defensor de derechos humanos, magistrado y hasta candidato presidencial de la izquierda. Estaba convencido de que en un país como Colombia la miseria es el primer obstáculo para poder ejercer el derecho a la libertad. Por eso su militancia en la izquierda estaba en perfecta sintonía con su ideario liberal.

La última vez que vi a Carlos fue en el hospital hace un par de semanas, cuando estaba internado en la sala de cuidados intensivos y la vida se le escapaba por los pulmones. Hablamos por unos minutos. Primero me contó de su estado de salud y de lo frágil que es la vida. Luego me dijo que se sentía agobiado por la crisis de la Corte Constitucional y por el escándalo del magistrado Pretelt. Yo le dije entonces, a manera de verdad piadosa, que en estos momentos era cuando más se valoraba lo hecho por magistrados íntegros, cultos e independientes, como él y como Ciro Angarita. Se quedó callado un instante y luego, medio absorto, dijo algo así como “sí, Ciro era una persona extraordinaria”.

Carlos Gaviria también fue una persona extraordinaria. Un fiel representante de esa tradición de intelectuales antioqueños, como Héctor Abad Gómez, Nicanor Restrepo y Alberto Aguirre, que estaban convencidos de que la educación, la libertad y la justicia redimen y son las bases de la sociedad y de la democracia.

Ahora que Carlos Gaviria ha muerto hay que rescatar su memoria para las nuevas generaciones. Tenemos que impedir que esos dirigentes con alma de capataces, maleducados e inescrupulosos, continúen apoderándose del Gobierno y de la justicia, tal como lo han hecho en los últimos años.

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