Elecciones 2018: Colombia elige presidente

hace 12 horas
Por: María Elvira Bonilla

Carlos Gaviria, un náufrago político

Lo conocí recién desempacado de provincia a través de exalumnos suyos en la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia, de donde venía de ser el profesor estrella.

Ya entonces había dado duras peleas en defensa de los derechos humanos, desde cuando en 1976 formó parte del Tribuna Russell sobre crímenes de guerra en América Latina, ante el que denunció los atropellos del Estatuto de Seguridad del régimen de Turbay Ayala. Había sobrevivido a la persecución paramilitar que había acabado con la vida de sus colegas compañeros en el Comité de Derechos Humanos de Antioquia, Héctor Abad Gómez y José María Valle.

Llegó a la primera Corte Constitucional gracias a su prestigio académico y solidez jurídica, sin manzanilla legislativa de por medio. Una Corte que puso una vara alta por su composición y fallos. En su conformación primó el compromiso por defender la nueva Constitución, calificada por entonces como la de la paz; no habían hecho su aparición las transacciones politiqueras que terminaron por contaminar y crecientemente deslegitimar las instancias del poder judicial.

Atrás quedaron los tiempos en que los debates jurídicos les abrían camino a posiciones de avanzada, liberales en el sentido pleno de la palabra, que buscaban consolidar un espacio social, cultural, ético y normativo para que cada individuo libre y responsablemente pueda forjar su destino. En esto, las sentencias de Carlos Gaviria como magistrado son ejemplares, verdaderos hitos jurídicos y éticos, asociadas entre otras, al libre desarrollo de la personalidad con la despenalización de la dosis mínima de marihuana, la legalización de la eutanasia —la muerte digna o “el homicidio por piedad”—, que el Congreso rehúye reglamentar. La más importante en momentos en que el país avizora el fin del conflicto armado es frente al delito político, que Gaviria defendió contra viento y marea, con polémicos argumentos como que “una cosa es matar para enriquecerse y otra matar para que la gente viva mejor”.

Sin embargo, su fuerza argumentativa, su fortaleza personal y su convicción moral no lograron batirse en el espeso mundo de la política, donde quiso participar para construir un país mejor donde las decisiones jurídicas se pudieran hacer realidad. No pudo, a pesar de lograr la mayor votación de un candidato de izquierda en la historia del país al enfrentar la reelección de Álvaro Uribe. Su fallida experiencia política mostró que un pensador obsesionado con la conducta moral, con el discernimiento entre lo bueno y lo malo, está condenado en ese universo de la mentira y la simulación. Lo derrotaron las triquiñuelas y las pugnas sectarias del propio partido que ayudó a formar, el Polo, atorado en una división interna que parece irreconciliable.

En ese circo de gladiadores de la política, el pensamiento coherente, responsable, ilustrado, sólido, no sirvió de nada y terminó ahogado por los pequeños cálculos y los grandes egos e intereses personales. Carlos Gaviria terminó por morir como tantos hombres bien intencionados que han buscado cambiar la política para abrirle camino a un país distinto: solo, como un náufrago en medio de sus sueños.

 

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