Carlos Holmes Trujillo: el renegado

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El país sigue en desbandada libre hacia el barranco y la inseguridad campea desde todos los frentes: en el campo con masacres a discreción, en las ciudades con excesos criminales de las fuerzas del orden, en las fronteras con el dominio de los grupos armados sin identificar, en los suburbios con panfletos amenazantes de nuevos grupos paramilitares con patentes de corso. Y el ministro allí, impávido y ceremonioso ante la prensa nacional que espera de sus gestos de lord patético algo más que una perogrullada de promesas institucionales. Por mucho menos renunció Guillermo Botero, su antecesor en el ministerio siempre incendiado de Defensa, pero Trujillo sigue ostentando con soberbia y elocuencia empalagosa un cargo humillado por su negación. Para él todo es normal y llevadero, aunque las llamas del desastre le iluminen el rostro. No ha entregado un parte medianamente serio y pragmático de una sola de las 55 masacres que han azotado a las regiones silenciadas por el Estado desde el inicio del año y sus respuestas siguen siendo las mismas: “haremos investigación a fondo”, “les caerá todo el peso de la ley” “no nos temblará la mano para capturar a los responsables de estos hechos atroces”. Lugares comunes de las buenas formas ministeriales sin que nunca suceda nada mientras siguen cayendo todos como moscas. Ante la evidencia de su discurso redundante, progresivamente ridículo y peligroso, siguió el ritmo de las comunicaciones del asesor estrella de Palacio y maestro del eufemismo técnico, Hassan Nassar, al intentar omitir la palabra “masacre” del lenguaje mediático y reemplazarla por el término amable de “homicidios colectivos”. Una estrategia inútil que ante un atentado contra tres soldados y un suboficial en Norte de Santander decidieron volver al término que querían desaparecer sin que les importara demasiado la contradicción y el énfasis de toda la evidencia emocional de la estrategia sucia, dejando claro que solo es aceptable la indignación si los muertos son convenientes a su discurso y al aura de la institución que representan.

No habrá forma ni causa, al parecer, que lleve al ministro Trujillo a reconocer un mínimo error, o a aceptar que el desmadre existe, o a enumerar las masacres con nombre propio. Suficiente ha sido el dolor y la humillación gubernamental por haber tenido que prescindir, a fuerza mayor, de los servicios de la cuota empresarial con el expresidente de Fenalco. No lo harán ahora, una vez más, aunque se incendie todo sobre el nombre de su sucesor. Para eso existe la retórica y la esperanza de las promesas largas frente a un público tradicionalmente emocional, lo saben muy bien, y lo saben ahora que intentan también defender a toda costa las acciones peligrosas de agentes que siguen matando desarmados en las calles. Los buenos discursos lo soportan todo, y por la misma razón continuará en el cargo insostenible el ministro de todos los matices, el ministro de la sonrisa afable ante montañas de muertos que importan menos que el prestigio de un gobierno que no podrá reconocer nunca su fracaso rotundo, aunque el desastre luminoso los señale desde todos los flancos por omisión.

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