Por: William Ospina

Carlos Monsivais, el lector de signos

A MEDIADOS DEL SIGLO XX JEAN PAul Sartre escribió ensayos sobre las ciudades norteamericanas, sobre la poesía negra escrita en lengua francesa, sobre los móviles de Calder. El principal valor de esos textos consiste en que se proponían leer cosas que no habían sido suficientemente leídas por el saber occidental, y proponer criterios de valoración.

Yo diría que es más fácil escribir sobre Shakespeare o sobre la Divina Comedia que escribir sobre las nuevas tribus urbanas, sobre la internet o sobre el papel de las telenovelas en el orden mental de las sociedades latinoamericanas. Y la razón es sencilla, sobre Shakespeare y Dante se ha escrito tanto, está ya tan establecida una valoración fundamental de sus obras, que el comentarista no se verá en la necesidad de definir la importancia del objeto que se propone analizar, ni establecer los criterios de esa valoración.

Pero nada es tan difícil como leer lo no escrito, como mirar por primera vez lo no mirado, y ese es el sentido que tiene para la América Latina la obra de Carlos Monsivais. Su trabajo disperso en muchos libros y en centenares de crónicas, artículos y entrevistas es un asedio a la realidad de las sociedades contemporáneas hecho con una notable libertad de aproximación, con los recursos de la lucidez y de la ironía, y con una compleja y múltiple información, y tal vez sólo un habitante de Ciudad de México podía haberla concebido y ejecutado.

Porque México, que era ya la ciudad más grande del mundo hace cinco siglos, sigue siéndolo hoy, y estos cinco siglos la han cargado de una complejidad extraordinaria. Las grandes urbes latinoamericanas México, São Paulo, Buenos Aires, son abrumadoras encrucijadas culturales, desvelado laboratorio de fusiones planetarias donde se cruzan las piedras del sol, las cintas de Moebius y los alephs de la modernidad, y su verdad no está trazada sólo en los alfabetos de la tradición, sino en una jungla de signos que tiene que ser observada y descifrada con instrumentos de todas las procedencias.

Baudelaire dijo que “la naturaleza es un templo cuyos pilares vivientes dejan salir a veces palabras confusas” y que “por allí pasa el hombre atravesando florestas de símbolos que lo observan con una mirada familiar”. Cosas mucho más complejas habría que decir de las culturas que han brotado de esa naturaleza, y a veces contra ella; de estas sociedades donde se mezclan sin cesar las culturas y sus signos.

Ciertos filósofos afirmaban que sólo vemos lo visto, que sólo somos capaces de percibir lo percibido. Ese dictamen platónico nos haría incapaces de acceder a lo nuevo, de entrar en el torrente circulatorio de las ciudades de Heráclito, en el vértigo de relojes divergentes que marca el ritmo de la modernidad. Entre selvas de cosas indescifradas avanza el paseante de la ciudad contemporánea, que, más que un lector de alfabetos convencionales, tiene que ser un lector perspicaz de los signos.

Carlos Monsivais, paseante sensible y lúcido de la cosmópolis latinoamericana, nos enseña que el lector de signos de la modernidad tiene que ser necesariamente un creador. Porque, como decía Borges, “en los comienzos de una literatura


nombrar equivale a crear”, y la literatura del mundo contemporáneo vive en un comienzo permanente. Las ciudades existen desde siempre, pero la conciencia de organismo de la ciudad moderna nació con Víctor Hugo y con Flaubert, con Dickens y con Balzac, con Joyce y con Alexander Doblin.

 La ciudad moderna requiere los ojos de insecto de Franz Kafka, la sensibilidad trasplantada de Joseph Conrad, la laboriosidad espasmódica de Pablo Picasso, la voracidad intelectual de Alfonso Reyes, las alejandrías de Borges o de César Aira, la lengua experimental de Neruda o de Lezama Lima, la capacidad de ver lo no visto y de leer lo no escrito que tiene Carlos Monsivais.

Nuestra cultura urbana contemporánea tiene la necesidad y el deber de sentirlo y de pensarlo casi todo. El tono de la voz de María Luisa Landín o de Toña la Negra, el cuello arqueado para el beso de Dolores del Río, los ritos de las nuevas tribus urbanas, su piercing y sus tatuajes, la máscara de plata de El Santo y el rostro indescifrable que hay debajo, las estampas cantadas de la Revolución mexicana, los altares de los buses, las calcomanías de los camiones, la secuencia de los folletines y el tiempo perseguido de las historietas, las sentencias sublimes de los vendedores callejeros, las luces espasmódicas de las discotecas, los colores de la Virgen de Guadalupe o el descenso al Hades de Juan Preciado, la educación sentimental del bolero, el arte narrativo del son cubano o del vallenato, las soldadescas borrachas, las huelgas traicionadas, las matanzas oníricas, las vísperas esperanzadas y las frustraciones del día después, los pensamientos que se comprimen en aforismos, los aforismos que pueden desglosarse en vastos pensamientos, la vocación de organismo que tienen las urbes, la floración espontánea del arte en las selvas de concreto, Montesquieu descifrado por Benito Juárez, los milagros del tiempo detenido en papel fotográfico, las ideas liberales y sus naufragios de sangre, los aires de familia de todo un continente, el tiempo cíclico de los diarios, el sueño unánime de los cinematógrafos y el esplendor de cada mercado popular, las mitologías del delito y la flor danzante de los mestizajes, la poesía del claustro y la de la taberna, los disfraces de la religión y las verdades del simulacro, todas esas cosas sagradas y profanas son el polen de signos de la cultura, y Holderlin tenía razón cuando dijo, recordando a Jean Jacques Rousseau, que “los signos han sido, desde el comienzo del tiempo, el alfabeto en que nos hablan los dioses”.

 Aprender a leerlos, como lo hace Carlos Monsivais, es vital para sostener en tiempos confusos el andamiaje de la civilización, y también, en caso extremo, para sobrevivir al gran naufragio.

 

 

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