Por: Daniel Pacheco

Carnaval

Escribo el domingo en la mañana, cuando no es claro si el paro ya paró. No es claro si el 21N se agotó después de las espontáneas y numerosas manifestaciones del 22N y 23N. No es claro si Dilan Cruz, el manifestante de 18 años que se debate entre la vida y la muerte en una clínica de Bogotá luego de una agresión del Esmad, se convertirá en un nuevo símbolo de este movimiento ciudadano que cada vez parece más un carnaval.

Un carnaval porque nada es claro u ordenado. Porque se anuncia con bulla de ollas y cacerolas, bulla que llama a la gente en diversos puntos y ciudades, bulla que se convierte en ritmo, ritmo que dura horas, se mete en la noche y se mezcla con trago y baile, baile y fiesta que se vuelven protesta. ¿Protesta por qué? Cada vez está menos claro exactamente por qué, pero sí contra quién. Contra el gobierno de Iván Duque. Carnaval porque arengan con la renuncia del presidente sin entender que eso significaría la presidencia de Marta Lucía.

Un carnaval que aún no se sabe cuándo termina. Pero si bien el futuro es incierto, de estos tres días de protesta se pueden hacer algunas anotaciones.

La primera es sobre la crisis de liderazgo. Obviamente el de Duque, que ambientó la marcha, que no supo reaccionar el jueves, que el viernes convocó para un diálogo hasta el próximo miércoles, abriendo el camino a que el paro siguiera y se convirtiera en carnaval. El de Uribe que sin Twitter parece haber sido opacado por María Fernanda Cabal. El de Petro, a quien quieren acusar de organizador de la continuación del paro, cuando en realidad al hombre le cuesta incluso organizar sus ideas: primero llama a organizar grupos de autodefensa en contra de los supuestos vándalos, luego acusa a los vándalos de ser organizados por el Estado, y luego denuncia las estrategias del miedo según las cuales esos vándalos nunca existieron. Vargas Lleras sigue hablando de reforma tributaria y pensando que con la eliminación del 4x1.000 se soluciona esto. De la Calle se sigue felicitando por firmar el acuerdo de paz. Y Fajardo está ahora clínicamente flojo. No hay intérprete para este carnaval.

La segunda es sobre la crisis del periodismo. Si los líderes no han sabido interpretar lo que pasa, el periodismo menos. ¿De qué sirve pedirle a la gente que no se deje engañar por redes sociales si lo que informan los periodistas tiene la misma fuente? ¿De qué sirve una portada de una revista (o una columna) que interpreta un país con tres días de distancia entre la impresión y la publicación?

En estos tres días desde que comenzó el paro y siguió la fiesta hemos pasado por un tobogán de emociones: sorpresa por las marchas, emoción por su diversidad, indignación por el vandalismo, miedo por los supuestos saqueos, desconfianza por rumores de que fueron organizados por el mismo gobierno, desconfianza de las conspiraciones, emoción otra vez por los cacerolazos, rabia contra el Esmad. El periodismo como lo seguimos haciendo es obsoleto, en muchos casos, frente a las redes sociales, a pesar de los riesgos palpables que eso ha tenido.

La tercera es sobre el uribismo. Iván Duque no ha hecho tanto o dejado de hacer lo suficiente en 15 meses como para haber suscitado él solo esta protesta. Duque es el heredero del uribismo, un proyecto político que está hoy en crisis. Y esta es una protesta tanto en contra de Duque como contra del uribismo. Es su crisis más grande frente al Estado de opinión. Por eso no será Duque quien salga solo, no tiene la capacidad, y en últimas, tampoco tiene toda la responsabilidad. Escenario complejo, porque ya sabemos lo difícil que es negociar con Uribe, y lo malo que es él para mediar en los intereses que chocan dentro del Centro Democrático.

@danielpacheco

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2019-11-26T00:00:15-05:00

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