Por: Salomón Kalmanovitz

Carreteras de México y de Colombia

ES IMPRESIONANTE EL CONTRASTE entre el sistema vial mexicano y el colombiano. El primero cuenta con 10.350 kilómetros de carreteras de cuatro o más carriles, dotados de bermas, puentes y orejas, señalización y seguridad que permiten velocidades de 110 km/h. Se ven camiones que jalan dos o tres contenedores, lo cual es una muestra de cómo un sistema moderno disminuye los costos unitarios de transporte.

 

El sistema colombiano tiene sólo 726 km de dobles calzadas y muy pocas cuentan con especificaciones internacionales. En los últimos ocho años se iniciaron muchos proyectos y no se terminó ninguno, lo cual constituye serios riesgos de seguridad porque los contratistas no cumplen con ningún requisito de señalización que no sean las patéticas cintas y plásticos verdes.

El sistema mexicano se construyó con la palanca del capital privado por medio de concesiones en las que primó la competencia y la seriedad de los pliegos y los estudios previos. Los concesionarios debían traer un financiamiento fuerte que los forzaba a terminar pronto y se les incluía el mantenimiento, por lo cual la calidad era de su interés también. Hay quejas de que los peajes que se tienen que pagar son muy altos por el uso de las autopistas, pero los que no quieran hacerlo pueden recurrir a las antiguas carreteras que son gratuitas y, claro, de inferior calidad.

En Colombia las concesiones privadas no han podido prosperar por la economía política del clientelismo: los constructores de obra pública financian las campañas de los políticos y éstos pagan con contratos los favores recibidos. Esta es la razón de fondo para no buscar la combinación de los fondos de pensiones y bancos con constructores serios que podrían multiplicar los alcances del presupuesto público y construir obras con especificaciones internacionales. Acá estamos pagando peajes similares a los mexicanos por transitar por carreteras de muy mala calidad que colapsan con cada ola invernal.

Una de las consecuencias del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá fue que México adoptó sus mejores prácticas de transporte y sus especificaciones debían acercarse a las de sus dos socios comerciales, lo cual fue una presión externa saludable para la modernización de su red de carreteras. Acá nuestros TLC con estos dos países no tendrán un efecto similar porque el transporte terrestre entre nosotros y ellos está interrumpido por la barrera del Darién y por los países centroamericanos. Hasta Costa Rica y Panamá tienen mejores carreteras que Colombia.

La contratación en Colombia se volvió una feria de favores en la que se utilizaron recursos públicos muy escasos en generosos adelantos que financiaban a los constructores, con la posibilidad de cambiar los términos contratados las veces que quisieran, dando como resultado la interrupción de las obras cuando demandaran más plata y se agotara el presupuesto.

Es por lo anterior que varios constructores como los Nule optaron por desarrollar pirámides financieras o esquemas Ponzi, que describen a un célebre financista norteamericano que recaudaba dinero del público con altas tasas de interés que sólo podía pagar en cuanto hubiera un número creciente de incautos clientes. En el caso de los constructores nuestros, el esquema sólo era viable en cuanto hubiera un número creciente de contratos públicos e implosionó necesariamente. Así estamos, lejísimos de México.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Salomón Kalmanovitz

El acusador acusado

Impuestos saludables

¿Y dónde está la plata?

Tiempos difíciles

Una crisis desperdiciada