Por: Juan Pablo Ruiz Soto

Carreteras, invierno y naturaleza

EN ESTA SEMANA SANTA BUENA PAR te del país estuvo incomunicado. Se dice que la causa es el invierno.

Si así fuese, estaríamos perdidos y la única alternativa sería que los creyentes se pusieran a rezar. Pero la solución no es rezar, sino planificar y ejecutar adecuadamente los recursos asignados para  nuestra infraestructura. El punto de partida es erradicar la corrupción en la contratación pública, imponer castigos severos y evitar que escándalos como los de las últimas semanas vuelvan a repetirse.

Pero aquí no hablaré de corrupción, sino del cambio climático y de la necesidad de ajustar el diseño de las carreteras en las áreas montañosas. Hacer túneles, viaductos y terrazas adecuadas a los lados de las vías, y no los precarios taludes que hoy es frecuente encontrar. Para dar un ejemplo extremo de la precariedad de los taludes, quiero tomar el caso de la vía Bogotá-Sogamoso, que incluso en etapa de construcción y en un terreno de pendientes bajas y moderadas, presenta graves problemas técnicos: sus taludes se derrumban y bloquean las cunetas generando una dinámica de autodestrucción que erosiona el pavimento y desde luego interrumpe el tráfico. Desde hace años pagamos costosos peajes, y a cambio vamos a recibir una vía con más de una década de retraso y con diseño y especificaciones insuficientes. Como sociedad civil no podemos aceptar estos atropellos.

Por otro lado, es importante que revisemos el diseño de las vías, considerando con seriedad el impacto del cambio climático sobre la infraestructura. El diseño de puentes, cunetas y taludes debe ajustarse a los efectos que genera el cambio climático, pues las lluvias torrenciales serán más frecuentes y los caudales aumentarán de manera significativa. Esto debe acompañarse con protección natural e ingeniería ambiental, pues una mejor interacción entre la vía y el entorno natural disminuye los costos de mantenimiento. Como parte de una estrategia para disminuir los derrumbes, es conveniente estabilizar los terrenos que rodean nuestras carreteras con cobertura vegetal. Buena parte de los derrumbes que arrasan  nuestras carreteras de montaña se deben a la deforestación; en zonas de inestabilidad geológica, la ganadería y los cultivos aumentan el riesgo de deslizamientos.

Si diseñamos una revegetalización con criterios ecológicos para proteger la malla vial, podremos restablecer corredores biológicos de gran importancia para la conservación de la biodiversidad. Para que los finqueros ayuden a conservar estas franjas de protección, podemos utilizar el pago por servicios ambientales y así compensar anualmente la pérdida de espacio para la producción agropecuaria, cubriendo el costo de oportunidad. Las Corporaciones Autónomas podrían apoyar su diseño y operación. Sería una medida gana-gana, donde ganaría la sociedad al disponer de mejores carreteras y mayor conectividad, los finqueros verían compensados sus aportes y garantizarían la conservación del bosque protector, se recuperaría nuestro capital natural representado en la biodiversidad, se disfrutaría de paisajes más bellos a lo largo de las vías y, lo más contundente, el Ministerio de Transporte disminuiría los costos de mantenimiento y atención de desastres.

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