Por: Alfredo Molano Bravo

Carrusel de contrabando

LA FRONTERA DE VENEZUELA CON Colombia está cada día más crispada. No tanto como durante la barbarie de Uribe, aunque lo que él hizo tiene su peso en la actualidad. Todos nos criamos oyendo hablar de los matutes de juguetes, tenis y aparatos que llegaban al país por La Guajira.

Nos acostumbramos a oír palabras como guandola, guardia civil, trocha. Quizá también oímos hablar de los miles de camiones cargados —café de la Sierra Nevada, arroz de las vegas del río Zulia, azúcar del Valle del Cauca, cebolla roja de Ocaña— que pasaban la frontera hacia Venezuela. Inclusive se sabía que se arreaba ganado de Arauca y de Meta hacia los llanos del Apure. Venezuela era, como dijo Jorge Zalamea, “rica, riquísima, inmensamente rica”. Podía comprar todo, produciendo sólo petróleo. Eran los tiempos de la Venezuela saudita en la que entre adecos y copeyanos se turnaban el poder y se enriquecían sus mandatarios al ritmo en que brotaba petróleo. Una bendición que permitió a los ricos vivir en Miami sin pisar su país y al mismo tiempo una maldición que impidió la formación de una sólida economía campesina. Fueron también los días en que los campesinos colombianos migraban a las costas del lago de Maracaibo, el río Nule, el Táchira, Mérida. El bolívar era fuerte y el peso, débil. El campesinado que vive hoy en estas regiones fue en gran medida resultado de la emigración colombiana, sin contar los desplazamientos para allá y para acá vinculados a las guerras civiles del siglo antepasado y el uso de las fronteras como retaguardia de los ejércitos en guerra; refugio de generales, políticos y bandidos de toda condición. 

La situación fue cambiando hasta que se volteó del todo. El bolívar se devaluaba en la medida en que el gobierno Chávez invertía en subsidios salariales, vías, vivienda, hospitales, colegios, y en que nuestra guerra lo obligaba a comprar fragatas, aviones, fusiles, cañones. De la corrupción no se puede hablar porque esta ha sido una tradición de Estado. Total, hoy la mano de obra ya no va a trabajar a Venezuela y el contrabando de alimentos y combustibles cambió de dirección: viene de Venezuela a Colombia. ¡Y en volúmenes astronómicos! La cola para pasar de Cúcuta a San Antonio mide kilómetros. Los colombianos cruzamos el puente del Táchira en tropel para ir a comprar alimentos; parecemos nubes de langosta que revolotean, caen y acaban con lo que hay en las tiendas del Estado que, como se sabe, venden a precios subsidiados. Los anaqueles y depósitos quedan vacíos, los empleados exhaustos y la gente quejándose por el desabastecimiento. Los precios se trepan a las nubes. No se encuentra la famosa harinapán con que se cocinan las charapas —arepas insustituibles en la dieta del venezolano—, ni el papel higiénico, tan socorrido y que, dicho de paso, es la única bandera ideológica de la oposición contra Maduro. En ese río revuelto aparecen los astutos mercachifles que venden caro en Colombia lo que compran barato en Venezuela. Un verdadero carrusel. 

Lo peor es el contrabando de combustibles. Entra al país por todo camino, carretera o puente; a pie, en bicicleta, en moto, en camión. Una especie de oleoducto a buches. Una cadena de la que viven cientos de pimpineros y con la cual se enriquecen miles de policías y guardias, agentes secretos y altos mandos de allá y de aquí. La razón es simple: cinco galones, el full de un carro normal, cuestan en Colombia 45 dólares, y allá sólo un dólar. Es más cara el agua que la gasolina. La diferencia se explica porque el gobierno bolivariano subsidia el combustible para mantener bajos los precios y nuestro gobierno lo eleva para sostener su economía de guerra. Las colas en las gasolineras de toda la frontera son tan largas como las colas para comprar comida barata en la misma frontera. La gasolina que entra de contrabando a Colombia se lleva al Táchira y al Zulia de contrabando para venderla de donde salió. La vuelta del bobo que enriquece a los vivos.

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