Por: Cartas de los lectores

Carta abierta y sincera a Amparo Grisales

¿Para qué la eterna juventud? Una pregunta muy difícil de responder. Oscar Wilde intenta hacerlo en su novela El retrato de Dorian Grey.

Ni yo ni nadie prefiere sus arrugas, su piel no tan firme, sus gordos, sus cortinas de piel; se soportan con resignación, pues las soluciones existentes no son todavía suficientemente buenas, son peligrosas y costosas. Y siempre estamos balanceando costo beneficio.

Nadie prefiere un cuerpo que esté en armonía con la vejez. Lo que obviamente no deseamos es renunciar al único beneficio que trae los años: la experiencia. Pero todos renunciaríamos a las fealdades de ésta, si para ello necesitáramos sólo un toque indoloro de varita mágica. Ahí dejaría de importar la relación discurso-cuerpo, pues a menudo es bastante incoherente. Es un romanticismo pensar que nos merecemos la cara que tenemos. No es verdad, cualquiera lo sabe. Los bonitos y agraciados no son mejores que los feos, humanamente hablando; sólo son más bellos. La naturaleza no hace justicia con la belleza, ni tampoco con la inteligencia.

Ningún “revertex”, ningún polifenol, cambia verdaderamente la apariencia. Pero la imagen corporal cuenta, así como cuentan las palabras, la personalidad, los talentos. Unas viven del cuerpo y otras de las palabras. Todos sacamos partido de nuestros atributos, sean éstos los que sean.

Amparo, te envidiamos. Si los comerciales y photoshops de figuras femeninas de medidas perfectas existen es porque el atractivo sexual es deseable, envidiable y es una fuerza que domina la mente humana. Es terrible dejar de ser atractivo sexualmente y salir del “mercado”. Pero como la lucha está perdida cuando envejecemos, es sensato y demuestra madurez aceptar la derrota. Puede llegar a ser patético insistir en la lucha. Ese imaginario que alimenta la publicidad al que se refiere Florence Thomas no hace más daño que la vejez.

Amparo, envidiamos tu belleza que ha resistido el paso de los años. Pero no compraré tu elíxir de la eterna juventud porque no creo que pueda hacer nada por mí. No le temo a los espejos porque no he tenido más remedio que aceptar el deterioro y sé que el problema no es sólo físico: mi cerebro ha envejecido con mi cuerpo, mis ganas, mis ansias. No me pondré silicona en ninguna parte porque le temo a los implantes y porque no aportan mucho al balance final. También se es viejo en la voz, en los movimientos, en la memoria, en la agilidad mental y hasta en los deseos.

Ana Vélez. Bogotá.

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