Por: Columnista invitado EE

Carta de un colombiano contagiado

Por: Farouk Caballero

Escribo estas líneas desde una universidad sin estudiantes, lo cual es, en estricto sentido, un grupo de edificios sin alma, sin colores.

Cancelar las clases es una medida preventiva y necesaria. Algunos estudiantes creen que salimos a vacaciones y no es cierto. Hay cese de formalidad académica para evitar escenarios en los que el virus se transmita con mayor rapidez. Según las cifras de contagio, se tomarán decisiones acordes al momento histórico que nos tocó vivir. La primera decisión en Barranquilla fue cancelar la ceremonia de grados y dejar a algunas alumnas con la ropa li’ta y la comida li’ta, pero lejos del peligro viral.

Fue precisamente por un estudiante universitario colombiano en Wuhan que el país empezó a prestarle más atención al virus. Julián Vélez Grisales le dijo NO al gobierno colombiano. No quería regresar porque estaba absolutamente consciente de la precariedad de nuestro sistema de salud. Sabía que, si en algún momento corría peligro, cuanto más lejos estuviese de una EPS sería mejor para su bienestar. 

Julián tuvo razón y el virus nos llegó. No se escucharon las voces de alarma y los vuelos provenientes de Europa fueron recibidos sin medidas especiales que eran una necesidad básica en tiempos de pandemia. Los números de contagio en Colombia subieron de manera exponencial y mucho más rápido que en otros países del hemisferio. El pánico llegó y de inmediato tuvimos que enfrentar, como sociedad, uno de los problemas más graves, del cual seguramente se hablará por siglos.

El gobierno, como se esperaba, tomó medidas tardías, pero las tomó. La población respondió con espectacularidad cinematográfica y en cuestión de horas dejó un panorama desolador y abarrotado de papel higiénico. El presidente Duque dictó pautas y se encomendó a la Virgen de Chiquinquirá. Esto ya es tradición, después del horror de Hidroituango, también se buscó la ayuda de María Auxiliadora, pero ya está bueno. ¿Cuántos colombianos más deben morir por culpa de otros colombianos para después buscar una solución en imágenes católicas? Sé que en este gobierno eso no es posible, pero: ¡seamos serios con los temas que debemos ser serios! ¿Qué culpa tiene la Virgen María de los horrores humanos cometidos en Hidroituango y en El Dorado?

Ese era el contexto mundial cuando me contagié. Ciudades europeas vacías y ciudades colombianas irresponsables bailando y rumbeando con Aguardiente Blanco. El primer síntoma que tuve llegó desde España. Un médico se grabó en video y, desesperado, le pidió a la “gente joven” que se olvidara de Instagram y se auto-recetara gotitas de solidaridad cada cuatro horas. Ahí experimenté el agradecimiento, primer síntoma incontrovertible.

No me alcanza, no tengo cómo apapachar ––palabra de origen náhuatl que la sabiduría popular de las redes sociales resignificó como: abrazar con el alma–– a cada uno de los miembros del personal de salud que en Colombia y en cada rincón del planeta dejan todo, hora tras hora en jornadas inhumanas, para tratar de la mejor forma a los pacientes nerviosos y desinformados que llegan por centenares. Desde aquí los apapacho, mi abrazo sentido va desde los especialistas más importantes hasta los aseadores que desinfectan todo con alma y vida.   

Estoy convencido de que los médicos y enfermeras colombianos son muchísimo mejores que nuestro sistema de salud. Del mismo modo, creo en ese talento humano de los profesores que están en estos momentos ingeniando actividades y mezclando pedagogías para tratar de hacer el mejor esfuerzo en estos tiempos de virtualidad académica.

Ese fue justamente mi segundo síntoma: la motivación. Me motivaron los colegas que ante la dificultad buscan la ayuda clásica de la colectividad. La sabiduría sencilla de pedir ayuda y entre todos intentar aportar es fundamental; al fin y al cabo, con o sin clases presenciales, somos educadores. Lo mismo me ocurrió con los periodistas; hoy más que nunca se requiere volver a la raíz del oficio y verificar, interpretar y comunicar, como lo dice nuestra constitución, con responsabilidad social.

El tercer síntoma fue la admiración. Lo experimenté cuando escuché a Juanes y a Alejandro Sanz llevar música gratuita desde sus canales. La música actual, descendiente legítima de la poesía, también lleva sanación y hermandad en tiempos de crisis. Así lo hicieron estos dos grandes de la música en español y con ellos recordé la labor de las bellas artes. Y, justamente, en los tiempos regidos por el Covid-19, la literatura es sin duda una gran compañía. Refugiarnos en los libros será un plan de deleite y aprendizaje en esta época de cuarentena.

Frente a este tema, el peruano José María Arguedas, de quién quizá nuestro García Márquez leyó por primera vez la imagen de las mariposas amarillas en la novela Los ríos profundos, dejó esta frase que debería leerse hoy en cada casa, con la finalidad de entender que el petróleo y el dólar no compran las dosis curativas de fraternidad: “El individualismo agresivo no es el que va a impulsar bien a la humanidad, sino que la va a destruir; es la fraternidad humana la que hará posible la grandeza no solamente del Perú sino de la humanidad. Y esa es la que practican los indios, y la practican con un sistema, con una tradición”.

Al seguir el camino de estas letras, me contagié. En estos días de pandemia me contagié de humanidad. De los médicos cubanos que vencen el bloqueo para ayudar, sin nacionalidad de por medio, a otros humanos. De los médicos chinos que dejan su nación para sumar esfuerzos en países más necesitados. De los médicos que dan consultas por twitter, lo que aun a Julio Verne le hubiese costado imaginar. Por todo esto, gracias. Gracias por contagiarme de fraternidad humana. El contexto nos obliga, nos obliga a ayudarnos como especie, tal y como lo puntualiza Martín Caparrós en El Hambre, “Entonces: pensar cómo sería un mundo que no nos diera vergüenza o culpa o desaliento ––y empezar a imaginar cómo buscarlo”.

Cada uno puede escoger la dosis que más le convenga y su posología. La receta que recomiendo, sin ser médico, es una dosis fuerte de solidaridad ––cada cuatro horas––, combinada con un jarabe de empatía ––cada dos horas–– y mezclar esto con literatura, cine en casa, lavado de manos constante, música y auto-aislamiento. Con este tratamiento venceremos a esta y a otras pandemias.

Reciban el abrazo de codo más fraterno que existe,

Pdt.

Si a alguno le sirve, va esta lista de 20 libros para gustos dispares que pueden acompañarlos en tiempos de cuarentena:

  1. Cien años de soledad – Gabriel García Márquez
  2.  Los ríos profundos – José María Arguedas
  3. Pa’ que se acabe la vaina – William Ospina
  4. En diciembre llegaban las brisas – Marvel Moreno
  5. El Hambre – Martín Caparrós
  6. Los Divinos – Laura Restrepo
  7. Los años del tropel – Alfredo Molano
  8. Voces de Chernóbil – Svetlana Alexiévich
  9. La parábola de Pablo – Alonso Salazar
  10. La eterna parranda – Alberto Salcedo Ramos
  11. Diccionario de la vida – Juan Gossaín
  12. La revolución de las hijas – Luciana Peker
  13. Ensayo sobre la ceguera – José Saramago
  14. Cómo perderlo todo – Ricardo Silva Romero
  15. Las guerras en Colombia – Alma Guillermoprieto
  16. Leandro – Alonso Sánchez Baute
  17. El Señor Presidente – Miguel Ángel Asturias
  18. En el filo de la navaja – Yolanda Ruiz
  19. Hasta no verte Jesús mío – Elena Poniatowska
  20. Cerrado por fútbol – Eduardo Galeano

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