Por: Thomas L. Friedman

Carta desde El Cairo

LA ACTUAL CRISIS GLOBAL DE LOS energéticos y los alimentos es, entendiblemente, un tema de libro de bolsillo en Estados Unidos. Sin embargo, cuando se viene a Egipto, se ve cómo, en una sociedad en la que son muchas más personas las que viven cerca del límite, los precios de los alimentos y los combustibles se podrían volver excesivamente desestabilizadores. Si estos precios siguen aumentando, la comida y los combustibles podrían remodelar la política en todo el mundo en desarrollo, como lo hicieron el nacionalismo o el comunismo en su época.

Hace unos años, Hosni Mubarak, el presidente de Egipto, se embarcó, tardía pero claramente, en el camino de una reforma económica que ha producido un crecimiento de siete por ciento anual en los últimos tres años, y ahora los precios de los alimentos y los combustibles se están devorando todo ese crecimiento, como una plaga de langostas que se come todo a su paso por el Delta del Nilo.

Empecemos el día aquí en El Cairo en la pollería de Hussein el-Ashri —en el distrito de Shubra, de clase media baja—, un establecimiento que da nuevo significado al término “pollo fresco”: llegan los clientes, escogen un pollo vivo y lo sacan de una jaula. Alguien lo mata y le quita las plumas mientras esperan, y lo entrega completo en una bolsa.

El negocio había aumentado constantemente con los años en la pollería de Ashri, ya que las clases medias bajas de Egipto podían darse el lujo de comprar más carne. Sin embargo, en los últimos seis meses se duplicó el precio del pollo. Ashri explica: “Todo ha subido —la electricidad, el precio del alimento, la gasolina, la fuerza de trabajo, el precio de las medicinas para los pollos—. Todo”.

Para los pobres de Egipto, que son 40 por ciento de la población, la comida representa 60 por ciento del presupuesto del hogar. Cuando se duplican los precios del trigo porque más agricultores estadounidenses siembran maíz para los biocombustibles, es devastador para los egipcios que dependen del trigo estadounidense importado para su pan pita. Hoy, los disturbios por el pan son algo cotidiano aquí. En cuanto a los pollos, todo lo que Ashri sabe es que “hay menos clientes y menos tráfico”. Uno necesita darles carne a los hijos, se queja una dama, “pero ahora se les da un pedazo más pequeño”.

No obstante, junto a Ashri, un hombre que vende papas en una carreta de madera está haciendo negocio con rapidez. “Ya no podemos salir a divertirnos”, dice una señora, cuyo esposo tiene una pensión del ejército, mientras revisa las papas. “Pero hay personas a las que les va mucho peor. Algunas no pueden comprar alimentos”.

A la vuelta de la esquina, en una panadería estatal donde se vende pan subsidiado, se reunió un montón de personas esperando su ración diaria. Alguien ha llenado un carro tirado por un burro con pedazos de pita para venderlos como alimento para animales. Nada se desperdicia.

Se desata una discusión entre el vendedor de papas y sus clientes sobre quién tiene “menos conciencia”: los maestros del sistema educativo estatal a quienes se les tiene que pagar para dar clases fuera del horario escolar porque tienen grupos de 80 chicos y nadie puede aprender ahí, o los médicos del sistema estatal a los que hay que sobornar para obtener una atención decente. No es que sean malos, es que están exprimiéndolos a todos.

Lo que está sucediendo es que el pacto básico entre el régimen egipcio y su pueblo —que decía: “vamos a garantizarles alimentos baratos, empleo, educación y atención de la salud, y ustedes se mantienen alejados de la política”— se está desgastando. Aun con el crecimiento de los últimos tres años, los subsidios gubernamentales y los salarios no pueden mantener el ritmo de los aumentos actuales en los precios de los alimentos y los combustibles. La única parte del pacto que queda es: “...y ustedes se mantendrán alejados de la política”.

Conducimos por el desierto desde Shubra hacia Alejandría. La carretera está llena de coches. ¿Cómo pueden todos estos egipcios darse el lujo de conducir, me pregunto? Respuesta: el Gobierno gastará casi 11 mil millones de dólares este año para subsidiar la gasolina y el combustible para cocinar; el gas aquí sólo cuesta unos US$1,30 el galón. Suena como un buen trato para los pobres, sólo que los pobres no tienen coches y los subsidios al combustible significan menos dinero para el transporte colectivo.

Hay que pensar en estas cantidades: este año, Egipto gastará seis mil millones de dólares en educación y tres mil millones de dólares en atención a la salud, mucho menos que los subsidios al combustible. Se trata de una trampa terrible. Los subsidios deberían haberse eliminado cuando eran más bajos los precios de los alimentos y los combustibles. Ahora que han aumentado drásticamente, la molestia de removerlos sería un suicidio político. Así es que, en su lugar, se eliminan la educación y la atención a la salud.

Sin embargo, hoy Egipto es un país con dos sistemas. A lo largo de la carretera a Alejandría, pasamos una comunidad enrejada, llena de supermansiones —con nombres como “Valle de la Luna”, “Hyde Park” y “Beverly Hills”. Una de esas comunidades tiene un complejo de golf de 99 hoyos. Están pobladas por egipcios que han trabajado duro y ganado dinero en el golfo o que son parte de la clase empresarial globalizada del país. Tienen derecho a sus supermansiones tanto como los estadounidenses. Sin embargo, las implicaciones en cuanto a energía y agua en todas estas comunidades enrejadas y nuevas también está contribuyendo a la demanda global en aumento.

Las buenas noticias: son más los egipcios hoy en día que pueden darse el lujo de vivir como estadounidenses. Las malas noticias: son aún más los egipcios que ya no pueden vivir como egipcios. Esto no es bueno, ni para ellos ni para nosotros.

*Columnista habitual de The New York Times, ganador del Premio Pulitzer Prize en 2002 por sus comentarios editoriales.

 

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