Por: Andrés Hoyos

Carta a L.

Querida L., ojalá el otoño austral te esté tratando con dulzura. Aquí en Colombia el clima ha estado benigno e incluso la taquicardia de nuestra vida pública ha bajado un tanto, aunque no deja de haber los consabidos sobresaltos y aguaceros de cada jueves.

Me decía una corresponsal extranjera que el principal defecto de Juan Manuel Santos es su frivolidad y debo darle la razón: porque tiene que andar suelto un duende, o un demonio, en el Palacio de Nariño, que explique los errores que allí se cometen. ¿A quién si no se le ocurriría echar a volar la inoportuna idea de que el presidente “preferiría” gobernar durante seis años, no los cuatro, con una posible reelección, que son ahora la norma? Perdón, amigo asesor palaciego, pero si hay alguien que no puede “preferir” nada en materia institucional es el presidente de un país. Sus “preferencias” tiene que formularlas en proyectos serios que se puedan discutir durante largo tiempo. Entre otras, ya estamos hasta la coronilla de que traten a la Constitución de 1991 como si fuera Frankenstein. ¿No sería mejor dejarla quieta y dedicarse a gobernar con seriedad? Ah, no, eso es mucho pedir. Se dice que el globo de los seis años era para distraer a la gente de unas encuestas que no favorecen al Gobierno (ahora cuando poco importan) y que patatín y que patatán. Cualquiera creería que Santos es un millonario en popularidad que puede darse el lujo de sisarle un pedazo y botarlo a la caneca. De todos modos, lo esencial de la agenda política es la negociación de paz que se adelanta en La Habana y que trae a los parroquianos de la derecha con los ánimos muy alterados. Según los entendidos, la negociación tiene buen pronóstico, aunque todavía el pan podría quemarse a la puerta del horno. Sí, ya sé lo que estás pensando: la frivolidad no es un buen antídoto contra la polarización, pero anda a decírselo a los asesores de Santos.

Pasando por un instante a la martirizada Bogotá, la última genialidad de Petro (o de su precario equipo) fue poner a los policías a recorrer media ciudad para tanquear sus motos y patrullas. Sí, leíste bien, alguna funcionaria despistada omitió una vez más leer el contrato que gestionaba y la cosa le reventó en la cara. Ya saldrá nuestro alcalde a dar explicaciones enredadas sobre este último desatino. Retóricas aparte, me parece cruel el destino de este presunto enemigo de los ricos que no hace otra cosa que enriquecerlos. Un ejemplo, los buses de Transmilenio cumplen pronto el millón de kilómetros del contrato y no hay una alternativa para cambiarlos ni nada parecido. ¿Consecuencia? Que habrá que extender la vida útil de cada bus, con una ganancia inevitable para su dueño actual, así el alcalde se retuerza en su silla. ¿Otro ejemplo? El alcalde se indigestó con unas ideas utópicas sobre la expansión de la ciudad que, en la práctica, tienen semiparalizada la construcción. ¿Consecuencia? Que los propietarios vemos subir el valor de nuestras propiedades sin tener que mover un dedo.

Pero hasta la arrogancia se le está acabando al alcalde. Viene un proceso revocatorio que muchos no queríamos porque pensábamos con el deseo que Petro iba a medio estabilizar su gobierno. No obstante, los promotores ya recogieron las firmas suficientes para forzar a la consulta. En ese momento se verá si hay quórum, y cada cual tendrá que decidir si pone el pulgar hacia arriba o hacia abajo. Fea perspectiva aunque inevitable.

Te dejo con un gran abrazo,

 

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