Por: Andrés Hoyos

Carta a L.

Querida L., hacía casi un año no te escribía, quizá porque la situación de este convulsionado país no nos había ofrecido uno de aquellos lapsos de calma chicha en los que nada pasa de veras y todo está por pasar, lo que da tiempo para escribir a los amigos de otras latitudes.

Permíteme que empiece por rabiar un poco. Salió en El Tiempo del domingo una historia escalofriante. Los angelitos del Eln —sí, ese grupo guerrillero que en su origen incluía varios curitas idealistas dispuestos a arreglar el mundo a las patadas— tenían secuestrado a un topógrafo llamado Alberto Alvarado. Don Alberto, un esforzado profesional de clase media, pertenecía a una de aquellas familias que ni en sueños pueden recoger los casi dos millones de dólares que exigían por él. Pasado un tiempo, las llamadas de los extorsionistas elenos fueron arreciando en su sadismo y, tras siete meses de secuestro y el pago de una fracción del rescate, a don Alberto le pegaron diez tiros, tres de ellos en la cabeza, no sólo para matarlo sino para ensañarse con él. Alvarado había perdido 20 kg en cautiverio, o sea que además de matarlo a tiros lo iban matando de hambre. Los que hacen eso a uno le dan físico asco, y lo siento si doña Martha Nussbaum me regaña por sentirlo.

Dirás tú que cuál calma chicha, que un crimen así es tema obligado para la prensa de cualquier parte, a lo que te respondo que es tal nuestra saturación con la violencia, que dejamos pasar atrocidades semejantes con apenas una sensación de escalofrío. También acaban de surgir por ahí nuevas grabaciones de los cínicos comandantes paramilitares que hasta hace poco dominaban varias regiones del país. Al oírlos, se siente un dolor atrasado por nuestra historia reciente que, sobra decirlo, está lejos de terminar. Me dirás que allá se habla del potencial histórico del proceso de paz que comienza en firme en La Habana el 15 de noviembre, pero como es muy poco lo que se sabe a ciencia cierta, resulta mejor olvidarse por ahora de los rumores y dejar el tema para una carta futura.

Ya sé que en tu país las elecciones de Estados Unidos se siguen con el mismo interés tibio con el que las seguimos aquí. Mi lectura es que la carrera trasegaba por el filo del empate en las encuestas, hasta que este lunes fue sacudida de forma brutal por el huracán ‘Sandy’ —intensificado por la luna llena, que hace crecer las mareas— sin que a estas alturas nadie pueda decir con certeza a cuál campaña beneficiará. Claro que la propuesta de Romney de despiezar la agencia federal de desastres (FEMA) ahora luce ridícula, pues ‘Sandy’ obviamente no respetó las artificiales líneas divisorias de los estados del nordeste. Obama, si logra lucir presidencial esta semana, figurará de lleno en las noticias de aquí a las elecciones del 6 de noviembre, mientras que a Romney le tocará a lo sumo mostrar buena voluntad y tascar freno. Sí, lo has entendido, yo preferiría que la situación favoreciera al tímido Obama, aunque dada su frágil personalidad no estoy seguro de nada.

De resto, tenemos otras historias andando, como la de un vicepresidente presa de achaques, incluido el de resistirse a la jubilación, así como la de un alcalde de Bogotá que por ser experto en hacer oposición se hace oposición a sí mismo. También ha surgido un sapo holandés, o más exactamente una sapa llamada Tanja Nijmeijer, pero ese poco apetitoso bocado de batracio prefiero no engullirlo hoy.

Un abrazo,

 

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