Por: Darío Fernando Patiño

Carta para un malqueriente

APRECIADO ?:

No puedo llamarlo por su nombre porque usted siempre usa seudónimo y en eso ya nos lleva una ventaja. Nosotros firmamos, ponemos foto y hasta un correo. Había leído sobre usted.

Es más, Daniel Samper y Óscar Collazos se cansaron de usted, no por usted mismo, a quien consideran necesario y útil en un debate, sino por sus insultos y sus groserías, que son la degeneración de los foros instalados por los medios en sus ediciones electrónicas.

Esta oportunidad de escribir una columna y acompañar a El Espectador en su despegue, me permitió aprender muchas cosas, entre otras, a “conocerlo”. Lo imagino sentado frente a su pantalla, envenenado con sólo ver el nombre del autor de la columna. Leyendo con rabia y presuroso de volcar su rencor en el espacio asignado para comentarios.

Es otra ventaja que tiene. No necesita investigar, ni redactar, ni cuidar la ortografía. Bastan unos adjetivos y unos improperios y ya se ganó una permanencia en la red. Y no es una sola, porque el mismo día en que me vacia, lo he encontrado insultando a Bejarano, maldiciendo a Zuleta o enredado en una garrotera a muerte con otro de sus espontáneos o habituales colegas. Debe pasar muchas horas visitando páginas, leyendo y odiando, porque he visto que devora víctimas en otros medios.

Algunos columnistas se sienten cómodos con usted. Incluso le dan cuerda. Los respeto. Gabo decía: “escribo para que mis amigos me quieran más”. En estos tiempos de retroalimentación inmediata, parece que los columnistas escriben para que sus enemigos los odien más. Porque si alguien quiere saber si hay gente que lo desprecia, si cree que no tiene enemigos, si piensa que puede decir lo que piensa sin ganarse toda clase de ataques, escriba una columna.

Truman Capote, admirado y odiado en buena parte gracias a él mismo, debió sentir eso después de alguna paliza de la crítica pues se preguntaba: “¿es posible que la transición de la inocencia a la sabiduría tenga lugar en el momento en que descubrimos que no todo el mundo nos quiere?”.

Obviamente a estas alturas no puede estar hablando uno de inocencia ni andar subido en nubes. Pero no niego que ha sido impactante encontrarme a personajes como usted. No por la crítica misma, necesaria y bienvenida, sino por la mala calidad de la misma. Por lo violenta y mezquina.

El caso es, apreciado desconocido, que no nos vamos a seguir “viendo”. Al menos aquí. Y no por usted. Es porque tengo demasiado trabajo en mi medio base, y este compromiso de la columna demanda un tiempo que no poseo. Pero quería estar en el momento crucial de El Espectador. Aspiro a seguir en otros géneros y con otras frecuencias.

Fue una experiencia conocerlo y no quería irme sin dejar testimonio de este encuentro. No me desaparezco. Además, usted sabe bien cómo encontrarme. No se puede quejar. Usted podrá seguir insultando y malqueriendo todo el tiempo que desee. Por fortuna hay muchos otros lectores que han sabido aprovechar esta dimensión de diálogo y para ellos vale la pena seguir haciendo periodismo. Hasta pronto.

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