Por: Arturo Charria

Carta a Ramiro Suárez

Durante años he escrito sobre usted. Su nombre me ha perseguido como una sombra que da forma a mis fantasmas, mis miedos y mis muertos. En junio de 2003, mientras usted era alcalde de Cúcuta, un grupo de encapuchados se llevó de la casa de sus tíos a Edwin López y del parqueadero de la Universidad Francisco de Paula Santander a Gerson Gallardo. Desde entonces su rostro es para mí la imagen del horror, responsable de la desaparición de mis dos amigos, de las torturas a las que fueron sometidos y de la miserable forma en que fueron asesinados.

La semana pasada su nombre volvió a sonar en los medios nacionales: su solicitud de ingresar a la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) había sido aceptada. La noticia me estremeció y me llenó de rabia, pues por esos mismos días se conmemoraban 16 años en que los cuerpos de Edwin y Gerson habían sido encontrados al filo de una carretera entre Tibú y la Gabarra. Siempre me he preguntado si usted sabe quiénes son ellos, si sabía lo mucho que Edwin amaba bailar o los sueños que perseguía como estudiante de filosofía; si se hubiera conmovido con uno de los cuentos con que Gerson solía iluminar las noches de Cúcuta, esos que nos hacían sentir que siempre había luna llena en la ciudad.   

Estoy seguro de que si le mostrara la fotografía de ellos no los reconocería, ni siquiera si le mostrara la forma en que quedaron sus cuerpos después de meses de tortura. En cambio, si escarbara la tierra en que ahora duermen para siempre Edwin y Gerson, ellos sí lo reconocerían a usted; lo señalarían con el filo de sus huesos, porque no pueden hablar, porque están muertos.  

¿Por las noches, en su celda, ve usted los muertos que lo rodean? ¿Ve a Gerson? ¿Ve a Edwin? Estremece pensar que ignore que con ellos se apagó para siempre una ilusión y que no sepa el tamaño del dolor que dejaron sus ausencias.

Pero su aceptación en la JEP no solo sacude mi pasado, sino que me confronta con las cosas en las que creo y con mi proyecto de vida profesional. Llevo años convencido de que la paz “es” el camino y dedico a eso cada día de mi vida. Sin embargo, debo reconocer que por primera vez me he sentido confrontado con esta institución. No porque crea que la JEP se equivocó al aceptarlo a usted, sino porque he entendido la complejidad que implica asimilar que un día podré encontrarlo en la calle y sentiré que no lo dijo todo durante el juicio, que le faltaron crímenes por reconocer y que sus gestos de reparación no fueron suficientes ante tanto daño. Entonces pienso que esto que siento yo, lo viven miles de personas cuando escuchan hablar de las reducciones de condenas o formas alternativas de sanción que tendrán sus victimarios y me cuestiono, en lo más profundo de mis emociones, por haber simplificado la reacción de quienes desconfían de la JEP.

Señor Ramiro Suárez, usted comienza un proceso ahora en la JEP. Es posible que su condena se reduzca y quede libre para volver a caminar por la ciudad bajo la sombra de los cujíes. Seguiré su caso con la esperanza de que un día reconozca los rostros de Edwin y Gerson. Porque aunque usted no disparó, ni ordenó sus asesinatos, sí fueron víctimas de la relación entre política, corrupción y paramilitarismo que usted lideró y que dejó miles de muertos. Estaré atento a su juicio. Y aunque este proceso me confrontará en lo personal, también estoy seguro en mi convicción de la paz como el camino: me reafirmo en mis creencias y como muchos cucuteños espero que la justicia llegue con el reconocimiento y esclarecimiento de sus crímenes. Mi aporte en este proceso será creer y tener la oportunidad de verlo a la cara, con la mirada de Edwin y Gerson en cada pupila, sin parpadear, sin dejar que el miedo y la rabia nublen mi mirada.

@arturocharria

[email protected]

865571

2019-06-13T00:00:20-05:00

column

2019-06-13T00:15:01-05:00

jrincon_1275

none

Carta a Ramiro Suárez

23

4035

4058

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Arturo Charria

El tonto

Una peatona en el mundo de los signos

Disección literaria del relato amoroso

Con pena y sin gloria

Una tienda en el Samper Mendoza