Por: Adolfo Meisel Roca

Cartagena, 50 años de cambio

EN 1960, CARTAGENA ERA UNA CIUDAD en donde el descalabro económico de la Independencia todavía era evidente: en el centro histórico se encontraban muchas casas abandonadas o en ruinas.

Incluso en los nuevos barrios de clase media y alta, como Manga, Bocagrande y Castillogrande, las condiciones materiales eran bastante precarias. No habían sido pavimentadas las calles y en muchas cuadras, incluyendo algunas de la Avenida San Martín, el asfalto se había perdido completamente, razón por la cual eran un polvero en los meses de verano e inmensos barriales en los de invierno. La energía se iba durante largas horas y varias veces por semana y había noches en que el corte era hasta el amanecer. Por eso, los estudiantes de la época nos veíamos obligados a hacer tareas a la luz de velas, lámparas de querosene o gas.

No había alcantarillado y la calidad del agua era muy mala, de tal suerte que las amebas eran parte del proceso de crecer, como la varicela y los baños con hojas de matarratón. Además, había muchos mosquitos, pues la gran cantidad de lotes sin construir eran unos criaderos permanentes y exitosos de éstos, especialmente en los meses de mayo a noviembre, cuando más llueve.

Cartagena era una ciudad relativamente obscura, pues el alumbrado público no era muy abundante. Al recorrer las calles de El Vedado en La Habana, Cuba, un tanto obscuro y en algunos sectores estancado en la arquitectura de fines de la década de 1950, se acuerda uno mucho de esa Cartagena de hace medio siglo. A pesar de todo este atraso, en esa época surgió el Festival de Cine de Cartagena, cuya edición número 50 se celebra este año entre el 25 de febrero y el 5 de marzo. Esa fue una iniciativa que surgió cuando la ciudad, al decir de Carlos Lleras Restrepo, parecía bombardeada. Con altibajos y tropiezos el festival se mantuvo durante los años de penuria económica de la región. Ahora se le han sumado otros eventos culturales, como el Festival Internacional de Música Clásica Salvi y el Hay Festival, que se realizan en enero.

Cada uno de los eventos anteriores tiene públicos y características muy diversas, pero todos contribuyen para mejorar la calidad de vida de los cartageneros que asisten a los espectáculos que se ofrecen y, además, atraen un turismo con buen nivel cultural y capacidad de consumo, que resulta afectando positivamente el bienestar de los habitantes de la ciudad. Ojalá se organizaran muchos más eventos culturales de este tipo y se reviviera el Festival de Música del Caribe que entre otras cosas positivas, generó sinergias entre los músicos africanos y locales, unión de la cual nace la champeta.

Personalmente, de estos eventos el que más disfruto es el Hay Festival. Este año fueron memorables varias intervenciones y conversatorios. Por supuesto, Mario Vargas Llosa con su facilidad para la conversación fue uno de los más comentados, hasta el punto que los organizadores tuvieron que agregar otra intervención suya, pues mucha gente se había quedado por fuera del Teatro Adolfo Mejía. Pero sin lugar a dudas, lo inolvidable del Hay Cartagena 2010 fue la clausura, donde Daniel Samper Pizano, con gran profesionalismo y cariño, entrevistó al Maestro Leandro Díaz, el de “Un mediodía que estuve pensando / en la mujer que me hacía soñar / las aguas claras del río Tocaimo / me dieron fuerzas para cantar…”.

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