Cartagena después del Hay Festival

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Por: David Mauricio Pérez M.

La literatura suele ser en la mayoría de los casos un oasis, un bálsamo que necesitan las sociedades para catalizar sus propios conflictos y expandir los relatos que de otra manera serían indefectiblemente condenados al olvido.   

Es la literatura la encargada de enseñarnos las historias detrás de la historia; el hambre del personaje desconocido; las lágrimas de las madres a las cuales el diccionario aún no les asigna una palabra para definir cuando pierden a su hijo; la verdad que ocultan deliberadamente las versiones oficiales. Son los libros, con su belleza inmarcesible, los encargados de mantener vivo el relato que se pierde con las generaciones, y es el papel quien cumple cabalmente su función de notario de la historia.

Fieles a esa majestad conferida por los años, las letras se vistieron de gala en la edición XV del Hay Festival y se tomaron por algunos pocos días la ciudad a la que por algún motivo llaman Heroica, (tal vez por el estoicismo con que enfrenta sus propias miserias) y le permitieron olvidar, o por lo menos ocultar durante ese efímero instante una realidad descarnada que enfrentan a diario miles de personas a los cuales ni las cámaras, ni los reflectores alcanzan, y cuya presencia rechinaría en las veladas suntuosas en las que el abolengo de los invitados se empotra de manera burlona frente a los miserables desposeídos.

Fueron esos cuatro maravillosos días en los cuales Cartagena de Indias se convirtió, tal vez sin proponérselo, en el más ingenioso oxímoron que ningún escritor haya imaginado jamás: al tiempo en que los recintos de la ciudad vieja, el teatro Adolfo Mejía, el claustro del hotel Santa Clara y el Centro de Convenciones albergaban a lo mejor de la Ilustración de nuestro tiempo y a los mejores exponentes de la cultura escrita, al otro lado del puente de la India Catalina, allá donde mueren de física hambre los caballos que tiran de los coches y donde se levantan cientos de paupérrimos ranchos de madera que bordean el cerro de La Popa, miles de ojos expectantes y acaso nostálgicos aceptan con ironía su destino de exclusión, desigualdad y falta de oportunidades.

Mientras en las calles del centro amurallado se respiraban los aires de la intelectualidad, plasmadas en maravillosas experiencias de la mano de Borges y Chateaubrand, de Gabo y de Vargas Llosa, de Las canciones para el incendio en primera persona de Juan Gabriel  Vásquez, de las historias heredadas y rescatadas de nuestros campos en Guayacanal del maestro William Ospina, de la poesía contestataria de Ana Luisa Amaral; en ese mismo instante, a muy pocos metros de allí, podía sentirse el olor del hambre y la pobreza que postra de rodillas a una buena parte de la población, sin que este fétido y nauseabundo hedor perturbara la tranquilidad del recinto.

Mientras en los salones engalanados y perfumados se discutían los temas más relevantes de la actualidad y mientras en ellos le recordaban al mundo de la inminencia de la catástrofe por cuenta del calentamiento global y las guerras que a diario llenan de incertidumbre a la humanidad entera, miles de hombres y mujeres  luchaban y siguen luchando su propia guerra contra la desigualdad y la miseria, invadidos también ellos por la misma incertidumbre. Pero esta incertidumbre tiene otros motivos más urgentes: tener que disputarle en franca lid un plato de comida a la adversidad.

En la ciudad anhelada por muchos visitantes, pero sobre todo apetecida por los dueños y señores de la corrupción más descarada, las luces se apagan y el telón cae, y vuelve todo a su lugar, a la espera de otro evento o de la visita de otro huésped ilustre, y todo lo pasado habrá parecido un hermoso sueño. Pero no existen los sueños eternos, y es tal vez esa caducidad, esa condición efímera la que nos lleva a atesorar estos recuerdos de una Cartagena perfecta e impecable en la inmensidad de la memoria. Son los sueños, casi por definición y por defecto, breves pero contundentes en la huella que con realismo fantástico prevalecerá en nuestras mentes. Y es el sueño de un mundo mejor, de una ciudad mejor, el que acaba de terminar, dejando la resaca de saber que solo ha sido eso: un sueño del que había que despertar, para descubrir que la ciudad sigue condenada a ser la misma de siempre.

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