Por: Javier Ortiz

Cartagena y el miasma

Cartagena de Indias se mantiene sostenida de la mano de la Virgen de la Candelaria, su patrona. La ciudad es la evidencia científica de la existencia de alguna divinidad. Como nunca había ocurrido, el pasado 8 de diciembre –Día de la Virgen de la Inmaculada– cayó un aguacero bestial sobre la ciudad y la estatua de la Virgen del Carmen –recién bendecida por el papa Francisco– recibió una retreta de rayos de una tormenta eléctrica. Esta vez el monumento resistió y la señora no fue decapitada por una insolente centella.

No hay otra manera de explicarse a Cartagena y el milagroso fenómeno que le permite seguir funcionando. Algo de otro mundo debe mantenerla así, agonizante, entre el margen de la inmortalidad y la vida despreciable. Transita por un limbo desgraciado en el que los muertos no se enteran que están muertos. La ciudad es un purgatorio.

Las lluvias de estos días inundaron todo y lo revolvieron todo. Restos de frutas, papeles, ratas, chancletas, envases, excremento, agua de mar, perros callejeros y gente. En los medios nacionales, como cada tanto, Cartagena vuelve a estar en la agenda. Otra lluvia, esta vez de titulares, habla de la ciudad y les hace creer a sus habitantes que en realidad son del interés nacional. Las dos caras de Cartagena, sus entrañas, la pobreza, el turismo sexual, la contaminación y la corrupción hacen parte del repertorio de palabras que la enuncian en los medios nacionales. Cartagena es importante para todos. La ficción se construye sobre la triste y pintoresca aldea. En unas semanas, cuando la temporada turística llegue a su pico más alto, la ciudad volverá a las noticias sólo convertida en el escenario de la farándula. Sus problemas sólo serán temas cotidianos de ciudadanos en un transporte colectivo en una avenida atestada de carros y motos con el sol caliente encima.

Quienes escribieron las memorias del Sitio de Morillo dijeron que la ciudad resistió 105 días de asedio de las tropas de reconquista española, que los víveres se acabaron, que la gente empezó a comer carne descompuesta, carne de burro, que la harina la comían con gorgojos, que las epidemias empezaron a desarrollarse entre la población. Cartagena, contra todo pronóstico, resistió como pudo al imponente ejército español, mientras que las provincias del interior la dejaron a su suerte. Luego, cuando ya Morillo había asesinado a un grueso número de la población y se dirigió a Santa Fe de Bogotá, la ciudad se preparó para recibirlo con arcos de triunfo y mujeres engalanadas. Si bien en aquellos días, hace 202 años, la idea de nación que tenemos ahora no existía, sí es cierto que de la tragedia cartagenera ha ocurrido con la venia de muchos. La venia de aquellos que se la han devorado. La venia de aquellos que se la consumen, se la roban, le succionan la vida, la usan y luego organizan campañas mediáticas para su supuesta salvación.

Ya vendrá el tiempo de que el país se ponga crítico con la ciudad otra vez. Todos pensarán que los debates son sanos, que hablar del tema es necesario. Y la abrazarán nuevamente para ilusionarla, para hacerle creer que importa, y luego la arrojarán nuevamente a la calle con la lluvia, los restos de frutas, los papeles, las ratas, las chancletas, los envases, el excremento, el agua de mar, los perros callejeros y la gente.

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