Costas extrañas

Cartas de reprobación a clásicos literarios

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Tengo la sospecha de que algunas obras clásicas, si fueran escritas y enviadas a un editor actual, no resistirían el filtro estético de este tiempo. Ese filtro, para caracterizarlo con rapidez, supone que las obras literarias deben ser concisas, rigurosas en su imitación de la realidad (verosímiles, digo) y austeras en el uso de adjetivos. Obras à la Hemingway. Se me escapa el significado de esa tendencia y tal vez sirva de tema para una columna posterior. Por ahora, quisiera ejecutar el ejercicio ficticio de calificar algunos clásicos, a partir de cartas fugaces, como si tuvieran la intención de ser publicados hoy.

Al señor Dostoievski

El manuscrito que nos envía, Los hermanos Karamázov, resulta impublicable. Nuestras razones no sólo conciernen al número de páginas (lamentamos el precio del envío, que debió ser elevado, pero escribir buena literatura cuesta), sino también a la concepción ética del libro. Jamás habíamos escuchado tantas conversaciones tan elevadas en un solo lugar; jamás habíamos notado cuán sabios pueden llegar a ser los personajes más vulgares. Confíe en nosotros: no es creíble. Filosofar es exigente para los filósofos y aún más para aquellos cuyo único acercamiento a la filosofía son las frases que se encuentran en las galletas de la suerte. ¿Comprende nuestro punto?

Sin embargo, no desista: en las más de mil páginas que nos envía hemos encontrado algunos destellos (a veces excesivos) que nos permiten leer el alma humana. Quizás si eliminara, por ejemplo, la reflexión biográfica del monje ruso que ocupa toda la sexta parte, el libro se convertiría en una aventura rápida que desembocaría pronto en el nombre del asesino del padre Karamázov. Piénselo.

Al señor Cavafis

Nos inclinamos ante el saber del pasado griego, pero ¿son necesarios 154 poemas para reafirmarlo? Supusimos, en principio, sobre todo en Termópilas y Troyanos, que su intención era sólo alegórica y que, por supuesto, el pasado siempre se replica en el presente. Nuestra inconformidad se encuentra, justamente, en que esos dos poemas son suficientes para entender su intención.

De otro lado, las historias de héroes y reyes y dioses mitológicos nos apasionan por su grado de aventura, aunque en su caso encontramos que sirven para redoblar valores humanos que, lo lamentamos, ya no están en boga: la humildad, el deseo erótico, la valentía, la dignidad. Si valorara sus poemas con más honestidad, notaría de inmediato que su tema de fondo podría también ser tratado como un relato de superación personal (anota usted sobre la vida: “no la envilezcas / en el trato desmedido con la gente, / en el tráfago desmedido y los discursos”). ¿No le parece ésa una mejor opción?

Al señor Blake

No es el primer profeta que se nos cruza en el camino, pero sí el más pretencioso. Otros muchos tuvieron en el pasado la oportunidad de publicar (lea no más las elucubraciones de Juan desde la isla de Patmos), pero en el caso de su obra, que lleva el título rimbombante de El matrimonio del cielo y el infierno, creemos que se trata de una palabrería sin dirección. Suponer la existencia de un “poderoso diablo envuelto en nubes negras” es un acto de ficción; verlo en carne y hueso es ya una razón para acudir de manera voluntaria al manicomio. Sus Proverbios del infierno tienen, aquí y allá, aforismos memorables, pero insuficientes para llenar un libro menor. Tal vez una agencia de publicidad pague muy bien por cada aforismo. “Lo que hoy es evidente en otros tiempos fue imaginado” podría funcionar, con total soltura, como el eslogan de una nueva generación de celulares.

A la señora Austen

En otro tiempo, las historias de amor servían como consuelo para los menos afortunados. Hoy todos somos desafortunados y no hay consuelo que valga. Además, la historia de dos primos burgueses que nos hacen esperar más de cuatrocientas páginas para confesarnos, por fin, después de tanta evidencia junta, que están enamorados, es una travesía agreste sin una recompensa adecuada. Nos molesta, sobre todo, el papel de Fanny. ¿Qué utilidad tienen su timidez y su pleitesía, sus deseos de complacer en todo a su primo Edmund y de incluso aconsejarlo en sus relaciones amorosas aunque ella misma esté obnubilada por él? Es un sacrificio que nos parece poco feminista. En nuestra opinión, no es una mujer ejemplar. Del final preferiríamos sólo anotar que los desenlaces felices nos asquean. Nada bueno proviene de la felicidad. Necesitamos ver en Mansfield Park algo más de sufrimiento.

Al señor Shakespeare

Sería una afrenta publicar El mercader de Venecia. ¿No le han contado ya la historia de dolores que ha puesto en ascuas al pueblo judío? ¿Le parece justo agregar a esa lista de improperios y prejuicios a un personaje cuya mayor ambición es tener una libra de carne cortada de su peor enemigo? Es seguro que representarán a Shylock como un hombre malévolo, pequeño, de nariz aquilina, envuelto en una capa oscura, mientras Antonio resurgirá desde las alturas, vigoroso y valiente. La obra es de un desequilibrio fatal. Nos resulta patético que Shylock sea juzgado como un usurero colosal por reclamar el cumplimiento de un contrato y, por otro lado, Antonio tenga el derecho de adquirir con su dinero hasta el amor de una mujer. ¿Quién es, entonces, el usurero?

 

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