Cartas para la paz

Durante casi un mes la Vírgen de Chiquinquirá recorrió el río Magdalena y visitó 40 poblaciones, con una particularidad: casi todas ellas son víctimas del conflicto y del olvido estatal.

Algunas, como San Pablo (Bolívar), conocieron primero lo que era una toma guerrillera que un acueducto. Otras, como Simití (Bolívar), fueron dejadas a merced de los paramilitares.

Durante la peregrinación, que finalizó este fin de semana que pasó en Barranquilla, se recogieron miles de cartas que los campesinos de los pueblos ribereños escribieron a las Farc, al Eln y al Gobierno. Cartas con un mensaje claro: esa paz que todos queremos no puede hacerse de espaldas a quienes durante décadas han sufrido con la sevicia del conflicto. Para las Farc el mensaje es que dejen la mezquindad, reconozcan sus muertos y que con la verdad hagan algo por resarcir —al menos un poco— lo hecho con las armas; para el Gobierno, que recuerde a esos cientos de miles de campesinos que por el olvido estatal quedaron a merced de paramilitares, guerrilleros, narcotraficantes y corruptos graduados de alcaldes y gobernadores.

La paz no sólo se firma. También se implementa. Y si la paz no se acompaña con políticas para la equidad social, no pasará de ser una simple ilusión. No podremos declararnos en paz mientras la desigualdad social siga campante y la ausencia estatal les siga dando oportunidades a los grupos al margen de la ley de controlar esas tierras del olvido que pululan por nuestra geografía. No es sólo enviar al Ejército y hacer presencia con las armas. Es también llevar educación, salud y trabajo a estas regiones sumidas en la pobreza y el abandono, zonas donde los jóvenes no encuentran nada mejor que meterse a un grupo ilegal o de raspachines. El abandono es aprovechado de forma mezquina por la ilegalidad y eso no conduce a la paz.

El Magdalena es una muestra de la paradoja que es Colombia por cuenta del conflicto y el abandono: es por ellos que este río, fuente de riqueza y autopista natural, se ha convertido en uno de muerte. En La Gloria (Cesar) dicen que los paramilitares han tirado a sus aguas unas 400 personas. Una cifra escalofriante que no hace sino recordarnos la magnitud de un conflicto del que muchos no conocen casi nada o sienten lejano. Como si fuera en otra parte y no aquí, en el territorio que también llamamos Colombia.

Y a esto se suman los estragos que han causado la minería, la corrupción y los gamonales que han hecho del Magdalena su feudo. Casos como el de Enilce La Gata López o el de Pablo Escobar, quienes construyeron parte de su imperio a orillas de este río, dan muestra de ello.

A su manera, la peregrinación realizada por la Iglesia católica y la Red de Programas de Desarrollo y Paz les dio voz a quienes no la tienen: los habitantes de estas tierras del olvido estatal. Un gesto loable pese a lo que puede significar que la Virgen llegue primero que el Estado a estas zonas olvidadas. Las distintas manifestaciones que se han vivido este año —que en ocasiones, lamentablemente, han derivado en violencia— dan cuenta de que la gente quiere que se la escuche y que si se consigue la paz que todos anhelamos, se consiga, además, un progreso que involucre a todos los ciudadanos. Por ello estas cartas para la paz, que El Espectador suscribe. A la paz hay que abrirle alamedas tan grandes y anchas como el río Magdalena. Pero, además, hay que arar el camino con políticas sociales serias. Para que esta no encalle.

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