Por: Andrés Hoyos

Casi

Colombia es el país del “casi”.

Durante décadas tuvimos un fútbol que daba pena y ahora somos casi buenos, pero a la hora de la verdad y pese a los talentos individuales, nos ganan los partidos decisivos; casi nos ha funcionado la democracia, o al menos en un par de épocas tuvimos esa esperanza, pero son tantas sus mataduras, sus carencias y sus practicantes impresentables que no hemos sido capaces de edificar encima de ella un país próspero y potente; casi tenemos una economía dinámica, pero los que toman las decisiones se han venido equivocando sobre las prioridades y por pereza pidieron una y otra vez el legendario “almuerzo gratis”, hasta que un día dejó de estar en el menú del mundo; casi vamos para alguna parte, pero en realidad venimos dando vueltas en redondo y nada que salimos del remolino.

Patarroyo casi descubre la vacuna contra la malaria, pero se puso a festejar antes de tiempo y quedó como un zapato científico; Botero ha sido casi un buen pintor, pero le pareció más cómodo llenar sus arcas engordando hasta su sombra y aburriéndonos por el camino. Una frase local repetida con frecuencia dice que nos faltan cinco centavos para el peso, peso que a estas alturas vale muy poco y centavos que dejaron de acuñarse por allá quién sabe cuándo.

Ha habido un puñado de individuos que lograron lo propio sin atenuantes: un par de boxeadores, un par de ciclistas, un par de atletas, cuatro o cinco poetas, algunos músicos populares, un filólogo. El más famoso, admirado y admirable miembro de este exiguo club nació en Aracataca y tuvo un efecto decisivo en la en extremo selecta historia de la novela del siglo XX. Sin embargo, estos éxitos no crearon escuela. Han sido accidentes de tenacidad. Grave es constatar que solo los malos supremos en nuestro devenir reciente han desatado espirales, en este caso, de horror. Pablo Escobar, por ejemplo, dejó herederos que todavía nos atormentan. No en vano el tal Paisa de la Teófilo Forero fue un sicario activo del Cartel de Medellín.

Entiendo que la historia permite asimismo una lectura optimista, pues en vez de irnos por el abismo, casi nos fuimos por el abismo, y en vez de ser un Estado fallido, estuvimos a punto de serlo. No somos Haití, no somos Cuba, no somos Venezuela, no somos Irán, no somos Siria, no somos Irak. Y eso se agradece.

Entiendo también que la suerte tiene que ver con el destino de un país. Aquí tuvimos la mala de estar ubicados en una esquina esencial para el narcotráfico y de que nuestra endiablada y bella geografía fuera ideal para este tráfico y para la guerra de guerrillas. Se confirma entonces que la suerte es una diosa angurrienta que solo favorece a los preparados y nosotros no estábamos preparados.

Para desterrar el fantasma del “casi”, sería bueno que, por una vez, firmáramos un tratado de paz, en vez de casi firmarlo. El equipo encargado de hacerlo no produce entusiasmo, por decirlo suave. Esperemos que aun así tengan suerte (tengamos), en vez de casi tener suerte, y que los hados conduzcan a un pacto de paz definitivo que garantice la no repetición. ¿Que luego tendremos multitud de problemas, hasta el punto de que algunos sentirán nostalgia por los tiempos actuales, tan decididamente peores? No le hace. Serán problemas nuevos para los que tendremos casi la solución. De lo contrario, nos tocará esperar hasta la fecha incierta en que la selección Colombia por fin obtenga un triunfo grande y sin atenuantes.


[email protected], @andrewholes

 

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