Glifosato: el primer caso por muerte que admite la CIDH

hace 6 horas
Por: Columnista invitado EE

Casi perfecto

Por: Juan Felipe Carrillo Gáfaro*

Resulta un poco aburrido volver al tema. Resulta soporífero seguir en lo mismo en un país donde siguen asesinando los líderes sociales y agrediendo a las mujeres, donde todo se repite una y otra vez. Resulta agotador seguir ciertas noticias que, pese a abordar aspectos relevantes de nuestra sociedad, rayan después de un tiempo con lo superficial. Como si no hubiera sido suficiente, la revista Semana vuelve a ser noticia y Daniel Coronell hace su regreso triunfal en calidad de hijo pródigo. Desde afuera, la libertad de prensa se ve honrada y todas las personas que abogaron por el periodista sienten con orgullo que se ha ganado una batalla. En el papel todo esto resulta alentador: nadie tenía que sacar al periodista por hacer su trabajo y, si lo que sucedió nos volvía a todos perdedores, ahora se han recuperado algunos puntos de esa derrota. Lo anterior habla de lo factual, de lo que se ve desde afuera, de lo que apenas tenemos tiempo de leer por estar ocupados en la vida de todos los días. Visto así no hay nada que reprochar, todo parece casi perfecto y ya nadie tiene ganas o tiempo de pedir más explicaciones.

Sin embargo, si se analiza desde otra perspectiva, al menos una cosa no huele bien en la trastienda. Se trata de ver cómo el poder (léase en particular el poder económico y mediático) es capaz de pasar por encima de cualquier cosa. Por poder somos capaces de echar a alguien con o sin razón, por poder somos capaces de reintegrarlo, por poder somos capaces de hacer que historias de terror se vuelvan cuentos de hadas: al final todos tan amigos como siempre. En relación con la historia de amor y odio entre el periodista y la revista, el poder está tan presente que ya ni dan ganas de saber con exactitud qué fue lo que sucedió. El poder es tan arrogante que detesta decir la verdad y verse transparente, le fascina la niebla, las insinuaciones, lo que no se ha dicho totalmente ni se dirá, lo que queda sin explicación. Y es que hasta la maltrecha libertad de prensa termina quedando sometida a los dictámenes del poder: pareciera que dependemos de alguien o de algo poderoso para poder decir lo que se piensa; a veces pareciera, paradójicamente, que esa libertad existe gracias a lo benévolo que es en algunas ocasiones ese poder y de cómo, en función del viento, un día busca callarnos y otro día nos da la posibilidad de hablar.

Desde el comienzo la historia entre el periodista y la revista está sobrecargada de ese poder a tal punto que, si fuera en otro contexto y con otros actores, uno podría pensar que todo ha sido un truco publicitario de alto vuelo. Aunque no quiero volver a los detalles, aplaudo por el bien de la libertad de prensa que la revista haya dado marcha atrás. Sin embargo, me gustaría saber como ciudadano común y corriente las condiciones que hicieron posible esta retractación. Sería fantástico entender bajo qué condiciones y términos se pasó del infierno de la ignominia y el rechazo al cielo de la reconciliación: ¿Hubo actos reales de perdón? ¿Existió una preocupación sincera por haberle dado una puñalada a la libertad de prensa? ¿Se tomó esta última decisión pensando en los lectores y en la sociedad colombiana? Sería extraordinario entender qué llevó al periodista a aceptar todas esas piruetas para volver prácticamente a lo mismo, qué lo llevo a aceptar el regreso a la revista luego de haber sido sacado en una llamada cuyo contenido nunca fue del todo claro.

Mientras la revista se recupera económicamente de lo acontecido en estos últimos días, espero que tras bambalinas todo lo relacionado con el regreso del periodista no esté exclusivamente atado a las ansias de poder de unos y otros, a los posibles suscriptores que se perderían si no está fulano o sutano, y/o al qué dirán. De todas maneras y para concluir, no sobra recordar que mientras muchos de nosotros hablamos y escribimos sobre este tema como si fuera la última gaseosa del desierto, la gran mayoría de la sociedad colombiana no tiene ni el interés ni la plata para abonarse a ese tipo de suscripciones, y por ende no tuvo ni siquiera la oportunidad de saber qué fue lo que pasó, ni de quién estamos hablando. Por el bienestar de esa mayoría y por el futuro de Colombia no sobra que dejemos de lado tanto ego suelto y sigamos haciendo nuestro trabajo con humildad.

@jfcarrillog

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Columnista invitado EE

¿Cómo combatir el miedo?

Re-severo “el trail” en Colombia

No es solo nuestra culpa, presidente Bukele