Por: Carolina Sanín

Caso y cláusula

La entretenida acción de Chesil Beach, la ultima novela de Ian McEwan traducida al español, se concentra en la noche de bodas de dos jóvenes ingleses que, a comienzos de la década del sesenta, se encuentran ante la dificultad de consumar su matrimonio debido a la aversión que la novia siente hacia el sexo y a la falta de pericia del novio.

Él es campesino e historiador, admirador del blues e hijo de una familia pobre, y ella es violinista clásica, hija de un hombre rico y de una profesora de filosofía de Oxford. A partir de la frustración pendiente, se narra la historia de amor que, en un momento de transformaciones en la sociedad a la que pertenecen, ha unido a dos jóvenes que tienen poco en común.

La promesa conyugal malograda se lee como el planteamiento de un caso que ilustra un problema cultural mayor. La trama pide implícitamente al lector que imagine qué pasaría si cada mínima acción de los protagonistas hubiera sido distinta, y que prevea cuál será la consecuencia de cada acto aparentemente intrascendente. A través de una tensión dramática constante, punteada por excelentes diálogos y desenlaces provisionales, McEwan exige que cada una de sus palabras se lea con total atención. Pero aunque realiza un examen complejo de los sentimientos, la literalidad impermeable de su escritura y su excesiva confianza en los procesos conscientes hacen que el caso que presenta, con todo y sus diversos puntos de vista, parezca un caso legal.

En Chesil Beach, el lenguaje es eminentemente denotativo: aporta las evidencias para la consideración del caso expuesto, y es el pretexto para la realización de un juicio. Es en ese sentido, y no porque defienda una posición moral determinada, que la prosa de McEwan es moralista. Esta característica remite al conservatismo del autor, maestro de una prosa que en la forma elude los hallazgos de la literatura del siglo XX, mientras que en el contenido se empeña en recrear, fuera de lugar, atmósferas vagamente victorianas que a veces resultan vívidamente esnobs.

En el marco del realismo literalista de una obra que parece aspirar a ser idéntica a sí misma y a agotarse en la justeza de sus términos, es intrigante la cláusula que cierra el libro: “Los personajes de esta novela son ficticios y no guardan ningún parecido con personas vivas o muertas. El hotel de Edward y Florence —casi dos kilómetros al sur de Abbotsbury, Dorset, que ocupa una posición elevada en un campo, detrás del aparcamiento de la playa— no existe”.

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