Por: William Ospina

Castas

Una comunidad se forma cuando unos grupos humanos, por diversos que sean, se reconocen en el mundo al que pertenecen, aprenden a amarlo y a compartirlo, y no gastan sus vidas en despreciarse unos a otros, en discriminarse unos a otros.

Casi todos llevamos más de cuatro siglos ocupando este territorio; pero aquí hay quienes piensan que los demás no tienen la misma dignidad, los mismos derechos, que pertenecemos a categorías distintas.

Colombia se ha convertido en un país que no solamente ha sido dividido en estratos, en castas, como la India de la antigüedad, sino que la mayor parte de la gente ha interiorizado tanto esa arbitrariedad, que cuando se les pregunta responden con toda tranquilidad que son del estrato X o Y.

En lo que llamaban el Antiguo Régimen en Francia era así: el imperio de las aristocracias y de las servidumbres, pero no hay que olvidar que después vino la Revolución Francesa, y se dedicó a igualar a la sociedad por el procedimiento extremo de cortar cabezas.

¿Puede la educación hacer que una sociedad aprenda a convivir en paz, con afecto y con prosperidad? Estoy convencido de ello, pero no entiendo por educación tanto lo que dan las escuelas, los colegios y las universidades, sino los ejemplos que recibimos desde la cuna. Y los más poderosos ejemplos los dan nuestros padres, nuestros gobernantes, quienes nos informan y quienes se benefician de nuestro trabajo.

La educación sería muy fácil si sólo se entregara en las aulas de clases. Pero si empresarios y empleadores educan al país en el irrespeto por los derechos de los trabajadores, y hasta en la violación de esos derechos, uno entiende que haya gente que se llene de escepticismo, de rebeldía y de resentimiento.

Y si durante décadas el derecho al trabajo, a la propiedad, a la dignidad, a la salud y a la educación se garantizan en los códigos, pero se niegan en la práctica, uno entiende que la gente termine sintiéndose engañada, deje de creer en la necesidad de una comunidad solidaria y empiece a sólo creer en sus intereses personales o familiares.

Hay maneras de gobernar que hacen a la gente orgullosa del mundo al que pertenece, cordial con sus conciudadanos, respetuosa de la ley. Pero para ello es preciso que la ley no muestre solamente el rostro de la severidad y del castigo, sino que alguna vez muestre un rostro humano, el rostro de la generosidad y del respeto.

Al mal ejemplo también lo tenemos que llamar educación, la más pésima educación que se le pueda brindar a una comunidad: la idea de que la ley es un instrumento para castigar ciudadanos incautos, mientras por los huecos de la corrupción se va el tesoro del Estado.

Las sociedades necesitan continuamente nuevas leyes sólo cuando ya no funcionan las principales normas que son las de la costumbre, los principales contratos que son los de la palabra empeñada, la principal justicia que es la que previene el delito brindando a cada ciudadano respeto y oportunidades. La justicia a tiempo, no la tardía justicia que sólo sabe castigar, siempre en vano y a menudo al que no es.

Es inquietante pensar el territorio fragmentado, la lengua autoritaria, la memoria desdibujada, las costumbres abandonadas, las instituciones profanadas, cuando se sabe que una comunidad es ese grupo humano que tiene en común un territorio, una lengua, una memoria, unas costumbres y unas instituciones.

¿Por qué hay sociedades que, teniendo todos los materiales, no logran la cohesión? La educación, concebida ahora como pensamiento, diálogo, creatividad, afecto, responsabilidad, espíritu crítico y esfuerzo por rehacer el tapiz roto de la convivencia, tiene que ayudarnos a entender qué es lo que no ha funcionado. Por qué la política no alcanza su alta condición de ordenar el vivir colectivo, proveer soluciones, prevenir calamidades sociales y orientar  empresas históricas.

La falta de una lectura compleja de lo que somos como sociedad, la falta de un relato apasionante y colectivo que nos revele nuestro origen común, la leyenda de los orígenes, las afinidades profundas y las diferencias estimulantes que nos mueven, esas carencias son sin duda la causa de que seamos un país pero no todavía una nación, de que seamos una sociedad pero no todavía una comunidad, de que seamos un territorio pero no todavía una patria.

Ese es el punto en que educación y política empiezan a tener necesidades análogas, tareas compartidas, responsabilidades conjuntas. Allí la memoria, las artes, las músicas, el lenguaje común, los relatos en que convergen las muchedumbres, se convierten en instrumentos indispensables para los grandes cambios históricos. Porque educar de verdad requiere un relato poderoso susceptible de ser transmitido.

Es una torpeza que, sin haber cumplido las apasionantes tareas de formación de una comunidad de memoria y de afecto, se pretenda que somos ya una red de ciudadanos de los que sólo se requiere el voto. Porque aquí se trata menos de mover a todos los ciudadanos en una misma dirección que de volverlos, afectuosamente, unos hacia otros.

 

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