Por: Lorenzo Madrigal

Castillo, gran ignorado

Con tantos contemporáneos de los hechos de Escobar, debe ser un incordio fabricar un seriado de pretensiones históricas.

Hay aproximaciones a la verdad, como también alejamientos, no se diga en lo relativo a las personalidades representadas.

Un interesante documental apuntala a última hora la serie en boga y nada más oportuno para que deje de ser una mera historia de buenos y de malos, que para algunos resulte poco menos que divertida.

La serie es un relato fresco, de algo todavía vivo, que les muestra a muchos, en platea, su propia imagen o la de su pariente cercano, aún en duelo. Es además, con el pretexto de hacer conocer el mal para abominarlo, una reiteración inevitable del libreto de mafia y de episodios canallescos, que satura la televisión colombiana.

El personaje de Guillermo Cano es, a mi juicio, el peor representado. Aparte de algunos aciertos escénicos, su figura no concuerda. No era Cano bajo de estatura, algo jibado sí, mas no de ancha cintura exhibida en camisa y tirantas, ni fumaba como loco, enrollando el cigarrillo entre la palma de la mano. He creído que quien actúa no ha fumado en la vida real, para su buena salud. Pero, por encima de todo, no era Cano un político ni asistía a despachos de ministros.

Más extraña aún es la persona que rodea a Guillermo Cano. Una jovencita en quien no reconocemos a nadie (semeja la diabla de Mel Gibson). Es, al parecer, el fantasma mismo de la Unidad Investigativa de El Espectador de ese tiempo. Unidad de uno, como le comentó a la W Radio, con poca gana de aludirse, el escritor y periodista Fabio Castillo, gran ignorado de la serie. Y es que la Unidad Investigativa del periódico, en aquella época, no era nadie más que él, salvo cuando se le allegó Ignacio Gómez, otro valiente. Compañeros y colegas bien recordamos la ausencia forzada de Castillo, quien debió dejar el país durante seis años.

Escobar, por el contrario, se ve bien imitado, menos por el cordón, tan a la vista, que delata su peluquín. No así Lara Bonilla, mal caracterizado en lo físico y fisonómico. Así y todo, conmovió casi que hasta las lágrimas, si aún nos quedan, el episodio de su atroz asesinato y la destrucción del gran hombre, de su futuro y de sus afectos.

A muchos aterrará esta dramatización, de todos modos bien lograda, pero a otros, ojalá pocos, les dará lecciones de cómo sojuzgar a un país con el crimen y la vileza. Y sobre todo, con la cobardía que entraña agredir con ventaja sobre víctimas indefensas. El más avezado criminal no es otra cosa que un gran cobarde.

***

No había visto aún la representación de Belisario y de López Michelsen, a cargo de actores, por lo general cómicos. Esa parte me ha hecho reír en medio de la tragedia, aunque ambos quedan bastante mal en lo relativamente histórico. 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Lorenzo Madrigal

Si fue el uno o si fue el otro

“Yo vine porque quise”

En el desespero final

Final, final, final

Indeseable, la extradición