Castrochavismo, marca registrada

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Sobre el origen del vocablo “Castrochavismo” supe que algunos le adjudican la autoría al historiador y sociólogo chileno Fernando Mires, porque lo escribió por primera vez en un ensayo que publicó en 2017. Otros le dan el crédito al expresidente colombiano Álvaro Uribe Vélez, quien ese mismo año fue pionero en darle utilidad estratégica en campaña política, endilgándolo como remoquete difamatorio contra los candidatos alternativos que le competían a los de su partido.

No existe ningún grupo o partido que se denomine o se reconozca “castrochavista”, porque en realidad es un exabrupto tendencioso que no corresponde a un concepto ideológico. Más bien debió surgir como libelo de astucia retórica. No es un vocablo anodino, pues su efectividad intimidatoria quedó demostrada en las pasada jornada electoral colombiana, en las que motejaron de castrochavistas a los integrantes de la coalición Colombia Humana, y, lograron asustar y convencer a muchos electores de que el candidato a la presidencia Gustavo Petro y sus copartidarios impondrían el comunismo cubano y harían del país otra Venezuela.

Es innegable la potencia semántica de la palabreja, ya que por su sonoridad, por la que connotan los términos apareados “castrismo”, “chavismo”, no se requiere sustentación, el sólo vocablo basta para sembrar miedo en el imaginario popular. Por supuesto, no faltaron politólogos e ideólogos derechistas que se ocuparon en darle verosimilitud a la presunta existencia de la falacia; por ejemplo, Carlos Sánchez Berzain, ostentador de más cartones que un reciclador, dice: “Castrochavismo es la denominación que describe el sistema de crimen organizado transnacional que usurpa el poder político, en Cuba, Venezuela, Bolivia y Nicaragua… Que amenaza la paz en las Américas.” Por su parte el catedrático doctor Andreí Gómez Suárez distingue tres temores que anima el Castrochavismo:

- Perder la identidad nacional (bajo una amenaza externa.)

- Que se imponga una dictadura (amenaza a la libertad.)

- Que se instale el comunismo (amenaza a la propiedad privada.)

Así el vocablo ganó fuerza de concepto, perfecto producto de la pos verdad, cargado de miedo y desinformación. Por lo mismo, han sido vanos los argumentos para demostrar la inexistencia de tal ideología castrochavista, en cambio ya está en el argot político de periodistas y académicos.

Los políticos de la ultraderecha americana que se valen del miedo como estrategia proselitista, ya valoran la efectividad de dicho termino y lo reconocen como marca registrada del uribismo, al colmo que para las elecciones en USA el equipo del candidato-presidente Trump, acogió el vocablo como franquicia ideológica, y apodaron de castrochavista las propuestas del demócrata Biden, con lo cual le metieron miedo persuasivo a los votantes hispanos.

A buena hora el triunfo de Luis Arce en Bolivia, la gran votación en Chile contra la constitución que dejó el dictado Pinochet y la derrota a Donald Trump, nos avisan que hay mayorías conscientes, que no tragan entero los infundios de las castas tradicionalmente dominantes.

La avidez de cambio en las nuevas multitudes será el antídoto contra las falsías intimidatoria de la ultraderecha.

Confío en que las juventudes participativas sabrán desmentir, prontamente, el embuste del Castrochavismo.

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