Por: Diego Aristizábal

Casualidades literarias

Siempre me han interesado tanto las historias que nos deparan los libros como aquellas casualidades tan interesantes que a veces surgen detrás de ellos, o dentro de ellos, como me pasó hace algún tiempo cuando entré a una librería que nunca antes había visto en el centro de Bogotá. Sin muchas pretensiones recorrí minuciosamente sus anaqueles hasta sentir que el polvo afectaba mi nariz y dejaba negras las yemas de mis dedos. Decepcionado me detuve en una última pila de desorden y me dije que si ahí no encontraba nada me iba inmediatamente.

Fue entonces, como se diría en un cuento misterioso, cuando encontré un autor que desde hacía años buscaba desesperadamente: Edmund Wilson, tal vez uno de los mejores críticos literarios norteamericanos, muy amigo de Nabokov, pero que lastimosamente aquí en Colombia las nuevas generaciones, e incluso la academia, habían olvidado. Sus libros no se conseguían en ninguna librería. Lo curioso fue que en medio de la alegría, que me demostraba una vez más que uno no busca libros sino que uno encuentra libros, me percaté de que no había echado en mi chaqueta la billetera y en los bolsillos no tenía ni siquiera monedas. Caía la tarde de un sábado, no conocía al librero y no podía darme el lujo de esperar.

Lamentando mi situación empecé a ojear aquel libro azul tan bien conservado de “Literatura y sociedad”, editado por Sur en 1957. Mientras tanto trataba de pensar qué podría hacer. Recuerdo que leí algo muy breve en el ensayo sobre Housman que decía que el conocimiento era una especie de “pasatiempo superior”; luego, cuando salté sobre otras páginas que estaban intonsas y se dificultaba la lectura, justo en la página 187, apareció un billete de 20 mil pesos nuevecito. Me reí de mi buna suerte. El libro valió 15 mil. A Bukowski le pasó algo parecido en una biblioteca pública. Abrió un libro en uno de esos días que estaba sin un peso y debía pagar el arriendo y de repente, en medio de las páginas, aparecieron tres billetes de 20 dólares y uno de 10. Ese día entendí lo generosos que pueden llegar a ser los libros.

Hace poco me volví a reír de mi buena suerte. El librero que siempre frecuento me habló de un libro que podría interesarme. El problema era que el libro era “más raro que un perro a cuadros”. Se trataba de: “Pepe Sierra, el método de un campesino millonario”, editado por Bedout en 1947. Por lo visto, cuando salió el libro, algunos familiares de don Pepe no quedaron muy contentos con lo escrito por Bernardo Jaramillo Sierra y mandaron a recoger todas las ediciones, que no debieron ser tampoco tantas porque en aquel entonces los tirajes eran limitados. El libro no se volvió a reeditar lo que convertía los ejemplares que lograron sobrevivir en verdaderas joyas. Hace poco en la Fiesta del Libro de Medellín, para terminar mi recorrido, me detuve en una librería de libros leídos. Cual sería mi sorpresa al ver en un montón de textos regados la portada que me había mostrado mi librero. Lo compré de inmediato, feliz de que una vez más los libros me sorprendieran. Apenas lo leí entendí por qué ciertos familiares de este campesino, cuyo léxico era escaso pero su fortuna inmensa, pudieron disgustarse con la publicación del libro. No es fácil ser heredero y ser retratado como una rémora, entre otras cosas que descubrirá aquel que tenga la fortuna de encontrar este libro maravilloso que debería reeditarse.

Definitivamente la casualidad y los libros van siempre de la mano, sólo basta desear para que poco a poco, si se recorren con paciencia las sagradas librerías, los libros que buscas terminen por encontrarte y te cubran de la más sublime alegría.

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@d_aristizabal

 

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