Por: Augusto Trujillo Muñoz

Cataluña tribal vs. España plural

“España comienza en los Pirineos y

 termina en la Tierra del Fuego”.

 Eduardo Carranza

 

Miguel de Unamuno vivió los tiempos en que el imperio español perdía sus últimas colonias. Perteneció a la celebérrima “Generación del 98”, cuyos miembros vieron que el Tratado de París despojaba a España de Cuba, Filipinas, Guam y Puerto Rico. Unamuno, vasco de nacimiento, solía decir que le dolía España. Uno de sus discípulos, José Ortega y Gasset, puso de presente, más tarde, que su país estaba dejando de ser una nación para convertirse en una serie de compartimentos estancos. Probablemente, hace 100 años aquello era motivo de serias preocupaciones. Hoy, en cambio, es muestra de un saludable pluralismo que, en el caso español, tiene una historia milenaria.

La Edad Media española da testimonio de formas de convivencia entre moros, judíos y cristianos, más allá de la larga guerra de la Reconquista. Europa mediterránea se gobernó en función de la diversidad durante siglos. Los fueros ibéricos del Medioevo y las ciudades italianas del Renacimiento son los mejores ejemplos. Norberto Bobbio anota que, por encima de lo que hoy es el Estado-nación, había ordenamientos jurídicos como el papado o el imperio, y por debajo las corporaciones, los feudos, los municipios con los suyos propios. La sociedad medieval, concluye, fue una sociedad pluralista.

La Modernidad quiso borrar el pluralismo al identificar Estado con derecho. Luego se abrió hacia el pluralismo político y apenas hoy se aproxima hacia el pluralismo jurídico. El siglo XXI sabe que la pluralidad social es enriquecedora, aunque el paradigma clásico del Estado-nación se niegue a aceptar su propia crisis. En el siglo XX España fue pionera en una idea de gobierno dentro de la unidad pero en medio de la diferencia. La Constitución republicana de 1931 lo consagró en su artículo 8° y la de 1978, en el artículo 2°. Ambas establecieron la autonomía como principio y, en el 78, se garantizó como derecho “de las nacionalidades y regiones” que integran el reino.

En 2005 un proyecto de reforma al estatuto autonómico de Cataluña tuvo el respaldo del 70% de los votantes, aunque la participación ciudadana fue inferior al 50%. Cataluña es la región con mayor grado de autonomía que existe en toda Europa. Quizás aquel resultado no hubiera producido sobresaltos si sus desarrollos se hacen girar en torno al diálogo, como lo quiso el presidente Felipe González unos años atrás, con el gobierno de Canarias. Ahora el presidente José María Aznar demandó el estatuto y el Tribunal Constitucional le dio la razón: en el año 2010 declaró que “la nación que aquí importa es única y exclusivamente la nación en sentido jurídico-constitucional, y la Constitución no conoce otra que la nación española”. Olvidó el Tribunal que la Constitución habla de nacionalidades y que el mundo está lleno de patrias multinacionales. La política, como sustituto de la guerra, es precisamente para lograr convivencia en la diversidad.

Esa demanda y su respectivo fallo exacerbaron los ánimos. Como ocurre también en Colombia con el activismo a ultranza de la Corte Constitucional, se decidió la política jurídicamente. La omnipotencia de unos y otros, y el tribalismo de ambos, catapultó la inconformidad en Cataluña: En 2011 los partidarios de la independencia no llegaban al 11% y hoy superan el 40%. Pero, sobre todo, el tribalismo de los dirigentes catalanes llegó al extremo de establecer una especie de dicotomía insuperable entre Cataluña y España, ajena no solo a la Constitución, sino a la misma realidad política y social. El gobierno catalán quiso convertir un sentimiento identitario, probablemente legítimo, en una pasión tribal que se niega a reconocer la realidad plural de la sociedad española.

Esa obstinación regresiva riñe con cualquier principio democrático. No vivimos en tiempos de independencias sino de interdependencias. Es cierto: entre las aldeas locales que conforman la aldea global, las únicas fronteras que tienen sentido son las culturales. Pero es preciso concebirlas como vínculo y no como muralla. Por desgracia el momento actual muestra nostalgia de autoritarismo. Como si los fascismos y los comunismos del pasado, que se identifican en su vocación tribal y parecían superados por la historia, se empeñaran en resucitar. Hay una dinámica populista que amenaza la convivencia. En su terreno se están moviendo algunos gobiernos, entre ellos, el gobierno gringo y el gobierno catalán. Ambos se empeñan en ver el futuro a sus espaldas.

* Exsenador, profesor universitario. @inefable1

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