Por: María Elvira Samper

'Catatumbo' y compañía, a bajarse de la nube

Son tantos los análisis hechos desde todos los flancos sobre los resultados de las presidenciales —y debieron ser tantos los que, al borde de un ataque de nervios, hicieron en la campaña reeleccionista cuando olieron la derrota en primera vuelta—, que el presidente Santos quedó notificado de que los votos que le dieron la victoria (50,9%) en la segunda vuelta, no son del todo propios ni de apoyo a su gestión.

Su triunfo fue, ante todo, un voto de confianza —y no precisamente masivo— a su apuesta por la paz y la posibilidad de poner fin al conflicto armado. Entonces, su mayor reto, su obligación primera, es comprometerse más abierta y asertivamente con el proceso de La Habana, lo que también implica buscar aproximaciones con el uribismo, beligerante opositor de la negociación, y además tratar de despertar algún interés entre los abstencionistas (52%), a quienes el asunto no parece tocarles la fibra.

La paz —con minúscula y con mayúscula— no será posible sin el compromiso de todos y por eso, en caso de que Gobierno y Farc firmen el acuerdo final para terminar el enfrentamiento armado, el Centro Democrático, con el senador Uribe a la cabeza, intervendrá en el trámite para su implementación, y los sectores por ellos representados tendrán que pronunciarse, como el resto de los ciudadanos, sobre si están o no a favor de lo acordado.

Me pregunto, entonces, si los voceros de las Farc han sabido interpretar los resultados de las elecciones, si han entendido que el triunfo de Santos, posible por el apoyo de sectores progresistas y de la izquierda a las conversaciones de paz, no solo constituye un desafío para él, sino también y sobre todo para ellos. Que no se llamen a engaño, porque aunque la opinión mayoritaria se inclina por la solución negociada y es importante lo logrado en la mesa, la hora de la verdad será la de las decisiones en el Congreso y el veredicto de la gente. Y en este campo, por el momento, la veleta de la opinión indica vientos en contra.

Bien harían, entonces, los voceros de las Farc en sintonizarse con el país real. En ese sentido, mucho podría aterrizarlos la encuesta “¿Qué piensan los colombianos del proceso de paz? Una mirada desde Barómetro de las Américas” (agosto-septiembre 2013), coordinada por el Observatorio de la Democracia de la Universidad de los Andes, encuesta que incluye municipios representativos del promedio nacional y municipios afectados por el conflicto armado. Con seguridad la desestimarán con el manido argumento de la manipulación. Allá ellos.

El estudio muestra que no hay grandes diferencias entre lo que opinan los encuestados de los dos tipos de municipios. En unos y otros, aunque es mayoritario el apoyo a la salida negociada y al actual proceso de paz, también lo es el escepticismo frente al posible éxito de las negociaciones y la desmovilización definitiva de las Farc. Y es también mayoritario el rechazo a que las Farc formen su propio partido y los desmovilizados participen en política, y a perdonarlos aun si confiesan sus crímenes. Para la mayoría, la reparación de las víctimas es la única forma efectiva de reconciliación.

Así que, señores Catatumbo, Iván Márquez y compañía, a bajarse de la nube y poner pie en tierra. No más retórica, no más ‘yo acuso’, no más pontificar sobre lo divino y lo humano desde la zona de confort de La Habana, no más mirar la viga en el ojo ajeno, no más arrogarse la representación de “el pueblo”. En la distribución de responsabilidades sobre el conflicto armado, no solo el Estado, las élites, los narcoparamilitares y sus aliados —políticos y empresarios— tienen su cuota. También ustedes y sus tropas, y es alta. Fracasaron en la guerra, ¿quieren fracasar también en la paz?

 

 

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