Por: Salomón Kalmanovitz

Catolicismo y mercado

Cada Semana Santa me causa malestar la diatriba contra los judíos como mercaderes del templo y como deicidas.

Aunque el discurso ha bajado de tono con el ecumenismo, sobrevive un sesgo contra el mercado, siendo los judíos los que personificamos los pecados del capitalismo. Las viejas películas sobre la pasión de Cristo, algunas nuevas también, proyectan visiones siniestras del pueblo judío de hace 2.000 años que se proyectan hasta hoy. El pecado es hereditario por todos los tiempos.

La Iglesia propició que los judíos asumieran el comercio y el préstamo de dinero durante la Edad Media, porque eran actividades pecaminosas para ella, pero muy útiles para la sociedad; ya que las almas que no aceptaban a Cristo estaban de todas maneras condenadas, se nos abrió el camino de la acumulación de capital. Cada vez que esa acumulación amenazaba el orden feudal o los nobles requerían de grandes sumas de dinero, procedían a expulsar a los judíos del país, desposeídos de sus riquezas, como lo hizo España en 1492. También desataban ataques y linchamientos de los vecinos enardecidos por acusaciones desaforadas y se procedía a expropiar los capitales ahorrados durante muchos años. La inquisición servía no sólo para quemar herejes en la hoguera sino para expropiarlos. A los judíos se les forzaba la conversión al catolicismo, pero después se investigaba mediante la tortura si, en efecto, habían sido sinceros.

Tanto la revolución inglesa como la francesa otorgaron ciudadanía a sus judíos porque partieron de la igualdad de todas las personas frente a la ley. Como el protestantismo se formó contra la autoridad papal y en muchas congregaciones, admitió de entrada la diversidad religiosa entre ellas y también frente a otras religiones como el judaísmo. Para todos ellos, el mercado dejó de ser pecaminoso. El protestantismo absorbió las ideas liberales de la Ilustración; Kant y Hegel elaboraron un nuevo cuerpo filosófico basado en la razón y la justicia que le abrió camino a la tolerancia y al desarrollo científico. “Atrévete a valerte de tu propio entendimiento” fue el lema kantiano.

Por contraste, José Mestre fue un ideólogo ultramontano que criticó la revolución francesa a principios del siglo XIX de manera lúcida y cínica para justificar un orden político basado en la servidumbre, la ignorancia de las masas y el uso del terror (el verdugo) contra los que pretendían instaurar el nuevo orden político. Concebía a los judíos como cómplices de la revolución. Justificaba plenamente la Inquisición para defender la fe católica y el orden feudal. Mestre concebía la libertad de pensamiento y de expresión como peligro.

La mención del pensamiento de Mestre permite establecer el vínculo entre la reacción europea y su absorción en Colombia. En efecto, en la obra de Miguel Antonio Caro hay más de una treintena de citaciones del pensador ultramontano y se pueden encontrar sus rasgos en la arquitectura de la Constitución de 1886, en especial la fusión Estado-Iglesia. Caro era virulentamente antisemita, como lo evidenció en su crítica a Jorge Isaacs, cuyo padre era judío converso y él mismo católico. El último pupilo de Mestre en Colombia fue Laureano Gómez, al que debió alentar en sus violentos desafueros.

Colombia ha progresado mucho desde entonces, pero sigue siendo resistente a las ideas liberales. Ha sido difícil establecer la igualdad de todos los ciudadanos frente a la ley, independientemente de raza y credo.

 

 

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