Por: Pascual Gaviria

Cauca verde

Los puntos de contacto entre los indígenas del Cauca y las Farc están dados por los encuentros y los desencuentros de la convivencia.

Para unos y otros esas montañas han sido santuario, aunque difieran en los ritos y las estrategias para protegerlas. El mismo presidente Santos dio hace poco una prueba involuntaria de cómo el Estado obligó a los indígenas, por la vía de la omisión y la incapacidad, a tener como socio, contraparte y verdugo al Sexto Frente de las Farc. Dijo que hasta hace poco el Ejército sólo llegaba hasta la carretera Panamericana y dejaba las montañas en manos de los dioses y la guerrilla ancestral.

Los indígenas han sabido resistir a las intenciones de las Farc de tomarse un movimiento con historia y credibilidad internacional. Para la guerrilla, el Cauca no es sólo un corredor clave sino un escenario para esconderse tras unas banderas vendedoras y un pueblo con capacidad de hacerse sentir sin acudir a la dinamita. Los graves problemas de infiltración están relacionados con las “golosinas” que los jefes guerrilleros ofrecen a los más jóvenes. Los celulares, la moto, el salario base de 300.000 pesos pueden hacer olvidar la leyenda de Quintín Lame y el poder de los bastones de mando. Las historias de los milicianos en Toribío y Caldono no son muy distintas de las que se viven en las esquinas de la Comuna 13 y Aguablanca. El bombardeo del Ejército sobre un campo de entrenamiento de las Farc, en marzo del año pasado, lo demostró con un saldo trágico. El Ejército habló de 15 guerrilleros dados de baja, mientras en la región se lloró la muerte de 15 adolescentes con apenas dos meses en la trinchera de Pacho Chino y compañía.

Existe una solución a la mano para que el Cauca ofrezca alternativas de empleo a los jóvenes. Para que la agricultura no sea un negocio imposible que necesita la subvención del gobierno alemán o la donación de un trapiche por parte de una ONG canadiense. Está dada por la perfecta combinación del paisaje, los encantos de la multiculturalidad —o del simple pintoresquismo, para no ir tan lejos— y el liderazgo nacional en la siembra de marihuana. Cada mes salen de las montañas del Cauca 30 toneladas de hierba fresca para abastecer el mercado nacional y el gusto refinado de algunos extranjeros en Europa. Si fuéramos capaces de convertir la noticia repetida de grandes decomisos —encontré uno de toneladas para los meses de octubre y diciembre de 2011, y para marzo, abril y julio de 2012— en cosechas que no tuvieran la dosis de pago a Ejército, Policía, más vacuna a las Farc, estaríamos frente a una economía sostenible y olorosa. El enjambre de los mochileros sería la añadidura perfecta. Si en España y California hay negocios rentables y legales con la marihuana, por qué no podría haberlos en Colombia. Si en los alrededores de Corinto y Toribío hay cientos de invernaderos con las matas enmoñando bajo un resplandor de bombillos, qué más da ponerles un sello de garantía y control para sacarlas de la economía de guerra.

Pero me temo que estamos lejos. El Invima ha puesto todas las trabas posibles a la venta de una gaseosa, unas galletas y unas aguas aromáticas a base de coca, inofensivas y rentables al mismo tiempo, así que será difícil que el Cauca pueda ofrecer sin complejos y sin plomo uno de sus principales productos agrícolas.

 

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