Por: Oscar Guardiola-Rivera

Caza de brujas

Este ha sido el año del regreso de la caza de brujas. Por ello parafraseo y cito a Silvia Federici, cuyo libro Calibán y la bruja, publicado en 2004, es el libro del año.

La portada concedida por la revista Time a cuatro mujeres que “osaron hablar” en contra de la degradación de la feminidad debe entenderse en tal sentido. Nos recuerda cuan frágil y mentiroso es el ideal del progreso en la situación actual.

Casi cincuenta años después de que las feministas hubiesen sacado a la luz y denunciado “las estrategias y la violencia por medio de las cuales los sistemas centrados en los hombres han intentado disciplinar y apropiarse del cuerpo femenino”, un puñado de mujeres vuelve a poner el tema en la palestra con el fin de advertirnos cuan rápido hemos revisado la historia y asumido como progreso, como ideal, lo que en verdad ha sido un retroceso.

En la era del ordenador —de Trump y Temer, de Uribe y Fujimori—, una vez más mucha de la violencia desplegada tiene como objetivo a las mujeres, porque la colonización del cuerpo y las voces femeninas siguen siendo “una precondición para la acumulación de trabajo y riqueza”.

Desde los tardíos sesentas, una enorme cantidad de estudios acerca del control ejercido sobre la función reproductiva y multiplicadora de conocimiento de las mujeres, las consecuencias de las violaciones y el maltrato y la imposición de una cierta forma de ver la belleza como condición de aceptación social, “constituyen una enorme contribución al discurso sobre el cuerpo en nuestros tiempos”. El enfoque sobre la política del cuerpo, que se debe a ellas y no a Foucault, como se cree erróneamente en los ambientes expertos, no sólo ha revolucionado el discurso político, literario y filosófico contemporáneo sino que también “ha comenzado a revalorar el cuerpo”.

Quienes descalifican esa crucial contribución como “ideología de género” son los mismos revisionistas que pretenden borrar todas y cada una de las revueltas subalternas de la historia del siglo pasado y, en Latinoamérica, también de la primera década y media de éste.

No es coincidencia que la llamada “restauración conservadora”, que junto a elementos supremacistas y fascistoides se nos quiere imponer a la fuerza en las Américas y otros rincones del globo, haya hecho de los cuerpos de las mujeres su principal objeto. Desde la criminalización de Dilma Rousseff, Hillary Clinton, Rigoberta Menchú y Cristina Fernández o Piedad Córdoba hasta el feminicidio rampante en los conflictos de Oriente Medio, México y Colombia, o el silenciamiento de las actrices de Hollywood.

Lo común en estos casos tan diversos es la batalla por el cuerpo de las mujeres, que es para ellas lo que la fábrica para los asalariados y el precariato de los varones: “el principal terreno de su explotación y resistencia”.

 

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