Por: Sergio Ocampo Madrid

Cecilia llegó a los 90

Cecilia cumplió 90 años la semana pasada. Llegó a esa edad con una lucidez casi clarividente, con la vista muy disminuida, un riñón al cincuenta por ciento y una memoria envidiable, en contravía de tanta gente en este país donde la amnesia empieza a atacar desde los 18.

Cecilia es mi mamá. Había pensado escribir esta columna cuando ella muriera, para despedirme, pero la viejita es de estirpe longeva y ya va rumbo a los 91 y sigue contando, mientras que yo vivo asustado con la perspectiva de que se me atraviese una bala, un trago de cianuro en una botella, un auto en exceso de velocidad cuyo conductor sufra un desmayo y se trepe a la acera, un navajazo por protestar en un Transmilenio… En fin, eso que se asume al vivir en un país en guerra, en un “fuego amigo” de todos contra todos. Es mejor hacerle el homenaje de una buena vez, cuando alguien todavía puede leerle estas líneas.

Ceci nació en Yarumal (Antioquia) y sobrevivió a la primera violencia que sacó a su familia liberal corriendo del pueblo y los envió a la fuerza hacia Medellín. Antes, ya había esquivado los anatemas de monseñor Builes, aquel que pregonaba que ser liberal es pecado, y quizá por eso nunca sucumbió a la tentación de irse de monja, en el municipio con mayor concentración de curas y monjas por metro cuadrado en Colombia. Pero puedo jurar que en 90 años no ha dejado de ir a misa un solo domingo, ni ha comido carne los viernes de la cuaresma. Obvio, en su casa hay un Corazón de Jesús, ya no presidiendo la sala, pero sí en un corredor importante.

Ella es pues una mujer antioqueña, católica y liberal. Esto último (lo de liberal), en el caso paisa significa claramente ser un conservador moderado, uno decente. Ceci lleva 50 años viviendo en Bogotá, pero aun habla con las eses arrastradas y el cantadito montañero que yo perdí casi recién llegado a esta capital. Es tozuda su convicción de seguir siendo paisa por dentro y por fuera a pesar de que serlo en los últimos tiempos se volvió para muchos un cavernario ejercicio de inhumanidad, de ensalzamiento a la muerte y de apología a un patriarcalismo bravero, inescrupuloso y violento. Uno en el cual hasta al Sagrado Corazón le trasplantaron el rostro.

Por eso también quise escribir esta columna hoy y no cuando ya mi mamá no la pueda escuchar porque ella representa en cada milímetro esa Antioquia que se extravió, esa Colombia que pudo ser y no ha sido, esa que hacía negocios apostillados solo en la palabra, y en la palabra creía como reducto para solucionar casi todo. La de una inocencia confiada que solo permitía malicias en los chistes de doble sentido, que a su vez eran chistes ingenuos, y de una filosofía cristiana cabal y llevada a la práctica más allá de las puertas del templo, en una mentalidad que conciliaba empuje industrial con respeto y condiciones de vida para unos obreros, y donde morir era una eventualidad de la vida, no de la violencia. Mi mamá siempre me recuerda el país de mi infancia, cuando yo creía que los presidentes eran unos viejos honestos y sabios, que los próceres pelearon por la libertad y que los curas tenían que ser hombres buenos; ¿cómo no, si representaban a Dios?

Tengo miles de imágenes de mi vida con Ceci, pero hay un par que no consigo olvidar, que no quiero olvidar. Una es de 1990, cuando el M-19 entregó las armas y tuvo candidato a la Presidencia por primera vez. Ya desde entonces, Cecilia confiaba en mi criterio político y me preguntó por quién sería bueno votar. Le respondí que por Antonio Navarro. “Pero ese fue guerrillero”, me dijo un poco inquieta. “Bolívar también, y Jesús” –le dije–; además hay que perdonar”.

Ese domingo de las votaciones, me confesó que había ido a misa y que en el ofertorio, con la elevación de la hostia, le pidió a Dios claridad y tranquilidad de no estar cometiendo un error. Y parece que Dios, de alguna manera, le dijo que estaba bien su voto por los antiguos alzados en armas.

La otra imagen fue hace dos años cuando la vi llorar silenciosa, muy triste, luego de que la televisión le verificó que había ganado el No al proceso de paz. No dijo nada pero su cara y la congestión de sus ojos me transmitió su dolor de saber que no lo logró, que su sueño de morir en un país en paz ya no fue posible. Y que Antioquia, su Antioquia de siempre, fue determinante en eso.

Cada vez que me siento agobiado de ser antioqueño, por la Antioquia cavernaria de hoy, la que proclama altiva “plomo es lo que viene, plomo es lo que hay”, que rasga banderas y exige unanimidades, que marcha contra la historia y se arrincona a conciencia en las mentiras de unos seres monstruosos y enfermos, pienso en mi mamá (también en papá), y en los abuelos, y en los bisabuelos, en los que domaron montañas muy bravas, y las regaron de pueblos, y ensamblaron industrias y sembraron café. Y mitigo un poco el vacío.

Cada vez que siento más desilusión de mi origen católico pienso en mi mamá y en su fe entusiasta y benigna, en esa obstinación de no pensar mal de nadie, de rescatar lo redimible que debe haber incluso en lo abominable, en su incapacidad cromosómica para juzgar a los otros y hablar mal de nadie, en cómo se va a ir de este mundo, plena y satisfecha, aligerada de rencores y odios.

Por eso quise escribir esta columna hoy y no mañana. Mañana Ceci ya no va a estar y con ella se irá el último rescoldo de ese país que fue y nunca ha sido.

869785

2019-07-08T00:00:23-05:00

column

2019-07-08T00:15:01-05:00

jrincon_1275

none

Cecilia llegó a los 90

23

5597

5620

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Sergio Ocampo Madrid

La mentirosa guerra de Iván

Mi voto es por Claudia

Ivancito cumplió su primer añito

Un par de siglos perdidos

La V de "Santrich" y los verdes