Por: Pascual Gaviria
Rabo de ají

Celebrar los males

Durante un tiempo se estancan un poco las ansias de señalamiento, la adrenalina que generan los desastres ajenos, la necesidad de dar algunas lecciones y mostrar inteligencia y sensibilidad. Pero cuando se rompe la presa viene el furor: algo de rabia, mucha energía en la destrucción, todo el oportunismo y la felicidad de nadar sobre la espuma de los acontecimientos. Los recientes problemas en Hidroituango y la creciente del sábado pasado que afectó a las comunidades de Puerto Valdivia, han demostrado una sorprendente fascinación frente a los infortunios de una obra pública. Aguas abajo han corrido las peores ignorancias, las teorías de la conspiración, el regionalismo más ruin y el ambientalismo más frívolo y con menos luces. La rechifla contra las instituciones y las empresas del Estado se ha convertido en un sinónimo de inteligencia y rebeldía. No se trata tanto de argumentar como de soltar una frase lapidaria que se repite en las conversaciones en los taxis, en los muros, en la complacencia crítica de todos los días en las redes sociales.

Algunos, desde sus computadores o sus teléfonos recién cargados, hablan de la inutilidad de un proyecto de esa magnitud. En la mente quieren volver a la austeridad de nuestros ancestros y al fogón de leña, pero en la casa corren al microondas y rabian contra dos minutos sin Directv. Para muchos, este país debería hacer una especie de corte de cuentas: que haya energía para los 50 millones que somos hoy y que quienes vienen se resuelvan como sea. El 85 % de nuestra demanda actual de energía puede cubrirse con energía hidroeléctrica. Tenemos la geografía y el conocimiento acumulado para acudir a esa forma de generación. Sin la energía que producirá Hidroituango, Colombia podría tener problemas para atender sus picos más altos de demanda en el año 2023. No se trata del capricho de uno o dos gobernantes ni de la ambición que señalan algunos. Hoy en día las exportaciones de energía a Ecuador y Venezuela son insignificantes respecto al total de generación. Colombia reclama todo el día la existencia de empresas públicas fuertes, que cumplan sus objetivos y entreguen utilidades a los ciudadanos. EPM le entrega cada año un poco más de un billón de pesos al municipio de Medellín y ha aportado buena parte del conocimiento al sector eléctrico en Colombia. Pero aquí las empresas públicas exitosas pueden ser tan odiadas como las fracasadas. El logo y el origen oficial son suficiente para que sea necesario echarles tierra.

Otra de las críticas al proyecto Hidroituango tiene que ver con el supuesto propósito de tapar el rastro de masacres en la zona. Parece increíble lo visionarios que pueden ser nuestros gobernantes. Desde la década del 60 se planeó hacer una represa para cubrir los rastros de los asesinatos que se iban a cometer en la década del 90. Colombia tiene cerca de 35.000 denuncias de desaparición forzada en los últimos 30 años. Una tarea inmensa por hacer en cientos de municipios. En los 12 del proyecto Hidroituango se identificaron 659 casos según la cifra de Medicina Legal. Durante el proyecto se firmaron contratos para realizar las exhumaciones y se logró avanzar más que en casi todas las zonas con iguales problemas en el país. Se exhumaron 159 cuerpos y se identificaron más de la mitad de los mismos. Esa es solo una de las preocupaciones de las comunidades que recogió el proyecto. Pero ahora ha resultado que una sola organización, minoritaria en muchos temas y sectores, representa a los más de 150.000 pobladores de los 12 municipios. Y pide que se oiga a las montañas y al agua de los ríos, que se escuche su voz cavernosa. Pero a las montañas les queda difícil acudir al trámite de las licencias ambientales.

 

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