Por: Fernando Araújo Vélez

Censor y censurado

Se sentaron en el mismo desvencijado y desabrido banco de un parque, y allí tuvieron que convivir cinco, ocho, 10 minutos de angustia porque el censor, que conocía a quien se había aproximado, no tuvo tiempo de huir.

Y lo vio acercarse, con su rostro decadente, mucho más viejo y canoso que el que mostraban las fotos que vio en el documento privado que le habían enviado a su oficina con sello de “urgente”. El vestido viejo, un paraguas de mango mordido y un pesado libro de Germán Espinosa bajo el brazo. Era bastante más menudo de lo que había imaginado. Más serio. Cuando lo reconoció, una especie de temor lo paralizó. Se tapó el rostro con un diario, como si el hombre que llegaba lo hubiera podido haber reconocido, y, discreto, se cambió de posición. Treinta y tantos años atrás, ya ni lo recordaba con exactitud, había tenido que leerlo, investigarlo, estudiarlo y hasta seguirlo por algo más de 20 meses. Era su oficio, un oficio más de la dictadura, qué más podía hacer, se decía a sí mismo y se justificaba cuando alguna pequeña culpa lo atormentaba. Entonces sacaba del baúl más escondido de su casa el manuscrito que el Instituto de Publicaciones del Gobierno le había encomendado y lo volvía a leer. El resultado era casi siempre el mismo. El proceso pasaba por arrepentimientos, dudas, convicciones rotas, certezas remendadas y acomodadas conclusiones. Si bien existían varias razones para haberlo publicado porque la novela lo había seducido, era excelsa, como se lo comentó en una noche de tragos a un vecino, esas razones eran mucho menos fuertes y profundas que las que lo habían llevado a rechazar el manuscrito, que poco tenían que ver con la literatura. “Siempre será preferible abstenerse que arriesgarse”, era una de sus máximas. Al terminar, solía jurarse que nunca más leería aquellas páginas, pero la vida con sus mínimos detalles —recuerdos, escenas, frases— lo llevaba cada año a su viejo baúl de papeles “delicados”. Ese día, el día del banco en el parque y del encuentro con su “censurado”, acababa de terminar una de aquellas sesiones, con su eterno e incumplido juramento incluido. El viejo se sentó a leer. Ni siquiera lo miró. Se hundió en su libro, Los cortejos del diablo, la historia de un inquisidor en los tiempos de la Cartagena colonial. La historia de un prohibidor, en últimas.

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