Por: Oscar Guardiola-Rivera

Censura

Cuando el Movimiento por los Derechos Civiles marchó sobre Washington su líder, Martin Luther King, pronunció una de las más memorables oraciones de nuestro tiempo.

 “Cien años después el Negro vive en una isla solitaria de pobreza a la que rodea un vasto océano de prosperidad”, dijo en referencia a la vacía Proclama Emancipatoria. “Hemos venido aquí para presentar ante ustedes la vergüenza de semejante condición; hemos venido aquí para cobrar un cheque”.

He aquí la mejor definición que de la justicia se haya hecho en nuestra época. Tal sentido de justicia es más relevante en el mundo y la Colombia actuales que los fundadas en la equidad y magnanimidad liberales.

Es el sentido del lenguaje de los derechos, más allá del espíritu magnánimo a que alude ese remedo de virtud que la sociedad mercantilista entroniza en nombre de la tolerancia. Acerca de esta última dijo King que “la verdadera paz no es la ausencia de tensión, sino la presencia de la justicia”.

Cabe entonces distinguir, de un lado, la moral tolerante presta a condenar la tensión política y el tomar partido como actos de censura o corrupción de la ideal administración armoniosa de la sociedad pacificada. Y del otro, la ética política de los derechos para la cual el único acto válido y verdadero consiste en “cobrar el cheque”.

¿Qué quiere decir esto último? Cuando King se pronunció a favor de los huelguistas de Memphis, lo hizo enfatizando la importancia de boicoteos, protestas, acciones directas y, en suma, el cuestionamiento de los actos de gobierno que defieren en el tiempo y el espacio la presencia actual de la justicia.

Su llamada no-violencia consiste en hacer presente la justicia material sin destruir el estado, evitando también el camino de la tolerancia deferente y el relativismo de las opiniones.

Para King sería obsceno pedir que la sociedad blanca fuese algo más tolerante con los que oprime, y que estos últimos se comportasen de manera tolerante frente a las opiniones que defienden dicha opresión.

Sin embargo, es precisamente ello lo que nuestra sociedad espera: cuando los simpatizantes de la causa palestina piden acciones directas del resto del mundo contra el gobierno israelí, se les condena por censura. Otro tanto ocurre en Colombia cuando el gerente de Canal Capital, tras haber probado su excelencia gerencial y periodística en más ocasiones que cualquiera otro en su medio, toma partido y pide que se tome partido por la ética política que defiende los derechos de los oprimidos a cobrar el cheque.

Hollman Morris es un activo político para la resurgente izquierda colombiana. Un raro activo pues posee habilidad gerencial y la convicción de que en sociedades tan desiguales como la nuestra es moralmente obsceno ser neutral. Quienes le atacan lo saben. Por ello le atacan.

 

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