Censura a la medida de los artistas

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Fernando Vallejo publica una serie de artículos en El Espectador en los que dice disparates sobre el COVID-19. Lectores se indignan y piden suspender las publicaciones. El Espectador se mantiene y defiende la libertad de expresión. Detractores objetan que una cosa es la libertad de expresión y otra darle el nombre del periódico a la desinformación.

En este nuevo torbellino desatado por Vallejo, el bufón, prefiero ponerme del lado de la libertad, y no la responsabilidad o la prudencia. Por otra parte, entre más disgusto causan entre el público sus escritos, menos me disgustan a mí, y más entiendo que hay que leerlas desde otro código que no sea el periodístico. No pueden tomarse en serio.

No se confundan: los textos que ha publicado Fernando Vallejo son flojos desde un punto de vista artístico y no tienen ningún valor periodístico. El primero suscitó este comentario mío en Twitter: "Leí un texto de Fernando Vallejo sobre el coronavirus que parece escrito por un borracho. Iba a parar en el párrafo 4 porque me sentía perdiendo el tiempo, pero vi que eran 5. Lo terminé para poder opinar con propiedad. Qué basura. Además, necesitaba corrección de estilo".

Medio ojee el segundo y tampoco me gustó. El tercero y el cuarto ni los miré, hasta que la indignación sacudió a las redes sociales. El tono de las objeciones era muy variado, pero creo no traicionar su sentido general cuando lo resumo así: es una irresponsabilidad desinformar en medio de una emergencia sanitaria, y El Espectador está dándole demasiado protagonismo a opiniones que podrían ser perjudiciales y que además parten de datos falsos.

En realidad, no son tantos los datos falsos como las malinterpretaciones de esos datos (por ejemplo: "el 80 por ciento de los enfermos con coronavirus que conectan a los respiradores artificiales se mueren a los dos días de que los conectan: los respiradores los están matando"), pero asumamos, para no argumentar desde las medias aguas, que lo que dice Fernando Vallejo en sus columnas son puras falsedades y mentiras. ¿No debe publicarse?

Desde el periodismo a menudo se confunde la libertad de prensa con la libertad de expresión, y no son lo mismo. La libertad de prensa se refiere a la libertad de informar sin coacción o limitaciones, mientras la libertad de expresión se refiere a la libertad de publicar sin restricciones. La primera lleva implícito el componente de la información confiable, la segunda no.

La libertad de expresión, en su plena amplitud, no existe. En todas las legislaciones se limita. Se prohíbe la injuria, la calumnia, el juramento en falso, algunas modalidades de la pornografía, en fin. Esta libertad, sin embargo, contempla el decir falsedades o malinterpretaciones en ciertos contextos no judiciales. Si se ciñe a la ley, un opinador de periódico tiene el derecho a decir cosas falsas, y es responsabilidad de los lectores detectarlas. Un lector, por ejemplo, tiene la responsabilidad de suponer que las columnas de Daniel Samper son humorísticas, no periodísticas. Si las interpreta literalmente, no es culpa ni del columnista ni del medio. Ahora, ¿fue la mejor decisión tener a un escritor irreverente, que nunca ha sido riguroso en su tratamiento de la ciencia, escribir sobre una pandemia? Posiblemente no, pero porque la calidad literaria del texto no es alta. Que sea o no responsable lo que dice no me parece lo más importante.

Pasamos entonces a si un periódico tiene la responsabilidad de no publicar artículos que digan cosas falsas, en especial si se trata del medio escrito más prestigioso de América Latina. ¿Debe el único gran medio de comunicación colombiano que no está vendido al establecimiento, o a intereses políticos y empresariales, revisar que las opiniones de sus columnistas se ajusten a la verdad? ¿Y si las columnas tienen afirmaciones que no están corroboradas, debería el periódico que más confianza despierta entre los colombianos, como sin lugar a dudas lo es El Espectador, no publicarlas? ¿Es El Espectador responsable por lo que puedan pensar sus decenas de millones de suscriptores? ¿Qué debe hacer El Espectador con este párrafo que he escrito?

Es peligroso, aunque comprensible, asumir que un columnista desatinado mina la credibilidad de un medio impreso, o la salud mental (y física) de sus lectores, pues la desinformación, si bien está protegida por la libertad de expresión, es un pecado del periodismo.

Sin embargo, no todos los columnistas tienen por qué seguir las reglas del periodismo. No está mal que uno que otro se las cargue, siempre y cuando no sea para proteger sus intereses particulares o los de otros. Las columnas que buscan la irreverencia, el humor, el efecto estético y la provocación, tienen libertades adicionales. En este margen de permisividad caben los escritos de Fernando Vallejo.

Si bien los escritos son malos, nos llevaron a debatir sobre los fundamentos de lo que compone a una democracia, de dónde está el límite entre lo publicable y lo no publicable, de si todo lo que se publica tiene que ser responsable, o si debe haber espacio también para escritos irresponsables. Yo prefiero que lo haya. Es mejor que El Espectador enfrente a sus lectores al peligro de leer a Vallejo, a que asuma un rol de padre o tutor, y publique solo las opiniones que sean adecuadas para sus lectores, según criterios que también son subjetivos.

De todas formas, Vallejo se burla de todos los paladines de la verdad, estén donde estén, cuando dice en medio de su diatriba enferma: "Y que me desmienta Dios desde arriba si miento." Si él mismo no se toma en serio, ¿por qué sí nosotros?

Twitter: @santiagovillach

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