Por: Juan David Correa Ulloa

Cepeda

En 1962, la revista Mito, esa revista y editorial que fundó una nueva manera de pensar la literatura en Colombia, publicó La casa grande, de Álvaro Cepeda Samudio.

Hace cincuenta años vio la luz esta extraña novela amparada en el lenguaje y la estructura de las grandes narraciones norteamericanas. La casa grande es una de esas apuestas raras en nuestra literatura: escrita con una sobriedad pasmosa, donde cada palabra está donde tiene que estar, es también un experimento arriesgado e inédito hasta entonces. Con Faulkner, que murió ese mismo año, Cepeda aprendió que el tiempo, las voces y la estructura eran posibles de entender de una manera mucho menos apegada al realismo –imperante entonces—de la novela decimonónica. Por ello, dividió su corta novela en capítulos que corresponden, cada uno, a disquisiciones de sus personajes en medio del contexto de la masacre de las bananeras.

Me ha sorprendido leer de nuevo esta novela sólida, llena de puñetazos, como el mismo Cepeda exigía debía ser la literatura: honesta, sin adornos innecesarios, escrita con las vísceras. La novela se inicia con el diálogo de dos soldados que están por llegar a La Zona. Ninguno de los dos sabe en realidad cuál es el motivo aunque nombran de vez en cuando a unos huelguistas a los que hay que contener. Luego vienen varios capítulos que suceden en la Casa Grande, un lugar en el que, pretendía el escritor, debía caber el mundo. El Hijo, La Hija, y El Padre, son el contrapunto de lo que ocurre afuera: si la historia está por suceder con la terrible matanza de los trabajadores de la United Fruit Company; el mundo familiar, a su vez, también se viene abajo.

Hace 40 años, el 12 de octubre de 1972, murió en Nueva York uno de los grandes escritores de nuestro tiempo quien nos legó crónicas del mejor periodismo narrativo, cuentos de largo vuelo y esta novela llamada a ser tan contemporánea como cualquiera de las que se publican hoy en día.

La casa grande, Álvaro Cepeda Samudio, El Áncora Editores.

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