Por: Beatriz Vanegas Athías

Cercados

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Cuando Tatiana cumplió 31 años ya tenía siete hijos. Entonces decidió acudir a Profamilia y desconectarse. Hoy tiene 41 y una hija de 22 casada con “un buen hombre”. Desde hace cinco vive en Girón con tres de los menores porque los mayores ya han emprendido el vuelo. Todos sus hijos nacieron y crecieron al lado del padre y del abuelo materno en una vereda cerca de Barrancabermeja en donde tenían una finca que les daba para vivir. Pero los paramilitares mataron al padre de Tatiana y tuvieron que venirse para San Vicente de Chucurí y como dice el poeta Héctor Rojas Herazo: Llegaban en montón duros y solos, / Con harapos de sueño, / Con quijadas de vaca bramando entre sus ojos. / Llegaban en montón y estaban solos. / La mujer con su esposo entre las uñas. / El hombre con su madre y con sus hijos /  Nadando en su saliva y en su vientre / Y el niño sin saber de sus pupilas / Entre tanto estupor desmemoriado

El marido de Tatiana no aguantó tanta responsabilidad y la dejó sola. Tatiana lo demandó para que respondiera, al menos, por la nutrición y el estudio de sus hijos, pero la Comisaría de Familia le asignó a él un abogado de oficio para que lo defendiera de cumplir con sus obligaciones. Tatiana se dio por vencida por cansancio y hoy sobrevive del oficio que le salga y de la precaria ayuda de sus hijos, que han tenido que optar por trabajar o casarse para poder llevar una vida decente.

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Durante 15 días tuve a mi madre interna en la Sala A de Urgencias del Hospital Universitario de Santander. Fue un descenso a los infiernos. Alcancé a contar ocho pacientes que no sobrevivieron, pero ello es la cotidianidad y no merecería una frase en esta columna, sin embargo, la falta de sensibilidad, la casi inhumanidad de las personas con la posibilidad de aliviar a sus semejantes que viví, esa sí merece una mención, por ser tan infame como el accionar de un paramilitar.

Hay muchas guerras sin desmontar en el país; por ejemplo, en estos infiernos llamados hospitales, donde los enfermos no están para ser curados sino para garantizar el salario de enfermeras, camilleros, cocineros, guardias, médicos que reducen su accionar a situarse frente a un computador y a humillar al familiar del enfermo.

Esta es una violencia exacerbada, extrema, para la que el idioma no brinda adjetivos. Es la violencia contra los colombianos que sostenemos los emporios de las EPS que, a su vez, inutiliza a los buenos médicos. Una vez más se evidencia que ninguna fortuna o empresa exitosa carece de muertes a sus espaldas.

Pero también se necesitan nuevas comprensiones para entender cómo una enfermera cae sobre las pertenencias de un recién fallecido porque literalmente necesita pañales, talcos, pañitos húmedos para suplir las necesidades de aquellos que no poseen literalmente nada. ¿Dónde está el Estado? Seguramente pregonando que somos un país en paz. Seguramente, preparando el próximo cerco para el 2018 aupado por la mezquindad de los que se aferran a Dios. Mientras “la patria” está hecha de tatianas y de HUS, sin proyecto de vida y sin salud: humillados y cercados.

 

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