Inicia el ciclo del nuevo Congreso de la República

hace 13 mins
Por: Patricia Lara Salive

Cero alcohol para menores

JUANCHO TIENE 15 AÑOS, ES APUESto, alto y simpático. Sale con sus amigos los viernes por la noche. El plan, casi siempre, consiste en ir a casa de alguno. Pero antes va a una de las bombas del norte de Bogotá a tanquearse, no con gasolina, sino con licor y cigarrillos que ahí les venden a los menores. Como Juancho es entrador, los compañeros lo escogen para que compre el trago.

–Hola, mi amor, cómo estás de linda hoy–, les dice a las vendedoras.

Luego de endulzarles el oído, las convence para le vendan aguardiente. Pero, para curarse en salud, ellas le dicen:

–Como aquí hay cámaras, muéstrame tu carné y así parece como si me mostraras la cédula.

Entonces le venden el vicio y Juancho, orgulloso, les lleva a sus amigos la botella como si fuera un trofeo, la destapan y se la beben ahí, frente a todo el mundo. Después compra más trago para llevar.

Cuando no van a las gasolineras, Juancho y su combo adquieren el licor en las tiendas y, generalmente, lo consumen en las casas, en las narices de los padres, o lo llevan a los colegios, donde lo beben en los bazares, o en los eventos deportivos, o en la calle frente a los porteros. Y tanto a los padres como a los maestros y hasta los rectores, eso les parece que no tiene nada de malo, y que lo que conviene es enseñarles a los niños a no excederse en el uso del licor.

¡Pues están equivocados! Según Miguel Betín, experto en el tema, los estudios muestran que los adolescentes que ingieren alcohol regularmente, antes de que concluya su maduración neurológica, tienen 50% más de posibilidades de volverse alcohólicos, y que el uso temprano de licor genera el “fenómeno de la escalada”, es decir, que es fácil que de ahí pasen a consumir otras sustancias adictivas.

Por eso es maravillosa la iniciativa del alcalde Samuel Moreno y de su secretaria de Gobierno, Clara López, de promover la “alianza protectora”, un acuerdo de voluntades de los sectores público y privado para “la educación y prevención del consumo de alcohol, cigarrillos y sustancias psicoactivas” en menores de Bogotá. Se trata de llevar a cabo “acciones concretas para la prevención del consumo... a través de la acción conjunta y coordinada entre las autoridades distritales, la Policía Metropolitana, el sector privado, la comunidad educativa y los padres y madres”.

Según Clara, esa alianza, que además de la Alcaldía, el ICBF, la Policía, las distintas asociaciones (bares, anunciantes, padres), compromete a los presidentes de Bavaria, British American Tobacco, Carulla Vivero, Cámara de Comercio, Fenaltiendas, etc. y a los rectores de las universidades (¡cómo sería de importante que comprometieran también a los de los colegios!), desarrollará una gran campaña pedagógica y publicitaria para concientizar a los expendedores de licor. Pero, además, incorporará el uso del 1,2,3, de modo que si alguien ve que se les está vendiendo licor a menores, marca ese número mágico, llega la Policía y emprende un proceso para revocar la licencia del establecimiento. Y si alguien más ve que unos padres permiten el uso regular de licor por parte de sus hijos, llama al 1,2,3, y puede sobrevenir hasta un juicio de suspensión de patria potestad por permitir ese tipo de maltrato en sus niños. Y si alguien sabe que en un colegio se tolera el consumo de alcohol en los menores, puede marcar el 1,2,3 y pedirle a la Policía que le imponga las sanciones legales.

Como madre agradezco esa iniciativa, y les ruego a Samuel y a Clara que hagan lo necesario para que sea eficaz y no ocurra lo que dice Juancho: que se quedará en el papel porque no se cumplirá.

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