Por: Iván Mejía Álvarez

Cero ídolos

Quien ha visitado recientemente Buenos Aires y es aficionado al fútbol se encuentra con una grata sorpresa: la forma en que la prensa y la afición argentina, en su gran mayoría, tratan al colombiano Radamel Falcao García. Para los hinchas riverplatenses, el delantero samario es un auténtico ídolo y su remoquete de El Tigre recuerda grandes ídolos de la banda roja, como aquel delantero Bernabé Ferreira, a quien apodaban La Fiera.

Contrasta ese cariño hacia Falcao, del cual hablan en Argentina, con el escaso despliegue que merecen sus actuaciones, con lo poco que se le reconoce en el país. Falcao no es profeta en su tierra, pero triunfa en patria ajena.

Sirva esta pequeña introducción para desarrollar el tema de fondo: ¿cuál es el mejor jugador colombiano del momento, cuál es el ídolo de la afición en el país? Lindo tema, variado y difícil de responder.

En la década del 50 al 60 el país conoció y admiró a Delio Maravilla Gamboa, un virtuoso atacante nacido en Buenaventura y quien brilló primero con la selección del Valle, después en el Oro de México y luego en Millonarios, cuando fue repatriado al país por la en esa entonces magnífica dirigencia albiazul. Que crack fue Delio.

Después, el país conoció la magia de Willington Ortiz, en la década del 70 al 80, un endemoniado atacante que muchos, entre ellos el autor de esta columna, consideran el mejor de todos los tiempos en Colombia. Quienes vieron jugar al Viejo Willy con Millos, Cali y América, amén de la selección nacional, jamás pueden olvidar ese delantero que lamentablemente nació en aquella época. Si Willy hubiera sido parido en estas calendas mediáticas de televisión e internet en sus bolsillos no cabrían los millones de euros.

Y en la década de los noventa el gran astro fue el talentoso Carlos Pibe Valderrama, a quien una generación aprendió a admirar y a respetar con la selección de Colombia en tres mundiales y en su tránsito por Unión, Júnior, Medellín, Cali y Millonarios. Y atrás suyo, siendo un virtuoso y un jugador que lamentablemente no dio todo lo que hubiera podido brindar, él mismo lo reconoce, aquel Faustino Asprilla que enloquecía a italianos en el Parma y dejaba su semblanza de jugador vibrante y potente en sus zancadas de gacela. Lo que hubiera podido ser Faustino… lo que no quiso ser.

Pero hace muchos años no sale un gran ídolo, no hay un jugador que sobresalga plenamente. La afición se quedó con los íconos parroquiales del momento. El aficionado paisa del Nacional adora a su Aristizábal; el hincha de Santa Fe se queda con Léider, por ahí un jugador de la tierra y pare de contar.

Los mejores emergen y muy pronto se marchan del país y ser ídolo jugando en el extranjero resulta difícil. Además, para que no queden dudas, más allá de los brillantes momentos de Falcao en River, de los golcitos de Wason y Rodallega, de alguna actuación de Iván Ramiro, Aquivaldo o Amaranto, no hay material de dónde seleccionar para pregonar que Colombia tenga en este momento seleccionado su gran ídolo.

¿Y el mejor? A diferencia de aquellas décadas en las que había unanimidad, hoy resulta tan complicado seleccionar a uno solo que cada lector puede tener su candidato. No hay un solo futbolista que tenga esa chapa, no lo hay y no se observa en el panorama un jugador que acapare los elogios.

Por eso, volviendo al principio, resulta tan extraño ver el carácter de ídolo que tiene Radamel para la hinchada de River y lo poco que se le reconoce en nuestro medio.

 

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