Por: Luis Eduardo Garzón

Cero y van cuatro

EN EL MINISTERIO DEL INTERIOR LO único que han reelegido son godos, y no propiamente exitosos. Holguín es la primera víctima de la ley de víctimas.

El único cambio radical que tuvo su gestión fue lograr que Germán Vargas se fuera a estudiar y Nancy Patricia hiciera el primer grito de independencia antiuribista. Además, mientras dormía, el Congreso le metió la ley de censura que permite que se revoque a funcionarios nacionales, departamentales y municipales, lo que aún tiene emberracado al Presidente. Le quita facultades al presidencialismo. Y ahora, para completar, el Fiscal General pone en duda que la razón de la extradición de los Mancuso y compañía hubiese sido por seguir delinquiendo en las cárceles. Nos quedará debiendo esa respuesta.

Sabas hizo una gestión a imagen y semejanza de su nombre. Se lee igual a la izquierda que a la derecha. Inolora, incolora e insabora. Salvo por sus encuentros furtivos con Yidis y Teodolindo para enseñarles geografía del Magdalena Medio, nadie recordará su gestión. ¡Ah!, sí, se me olvidaba. Justo es reconocer que supimos que el Caguán de los paramilitares y narcotraficantes era Santa Fe de Ralito, antesala de la extradición. Y, finalmente, Fernando Londoño, quien, además de incluir al doctor Pretelt dentro de sus 42 millones de odios, será recordado como el Ministro Invercolsa.

Ahora ha llegado Valencia, que a diferencia de sus antecesores hizo parte de los clubes sociales, pero de caddie. Nadie mejor que él para hablar de reconciliación, pues ahora, noblemente, se sacrifica por la Patria con mayúsculas, después de que el Presidente, otrora candidato a la gobernación, casi lo lincha.

Conoce a las Farc como nadie, pues mientras su jefe, el doctor Álvaro, despotricaba de todo lo que se hacía en el Caquetá, él echaba carreta, comía, dormía allá y hasta rumbeaba con ellos y ellas. Hace parte de los congresistas que saludan al gobernante “¿qué hay?”, no “¿qué hubo?”. Es decir, sabe como nadie lo que es dar. Ni mandado a hacer para esta coyuntura, pues además de ser muy cercano al círculo que hoy manda en Palacio, el Opus Dei, los temas Congreso, reforma política y acuerdo humanitario están hechos a su medida.

Diez años después de su ultimátum, o cambiamos o nos cambian, se encuentra con que el Congreso no sólo no cambió, sino que retrocedió, luego le quedaría mal volver a repetir el cuento. Por eso, la expectativa que causa su nombramiento. ¿Les aplicará la extinción de dominio? Asustados como están los parlamentarios de la coalición de gobierno, ¿promoverá el atajo de la doctora Gutiérrez o preferirá disolverlos para conformar la nueva alianza Luis Carlos Restrepo que les propone la Casa de Nariño? ¿El anuncio de que lo reconozcan más como de Justicia y no de Interior, será acaso una notificación de que la prioridad de la reforma política son las cortes, para volverlas más dóciles al presidencialismo? ¿A qué se refiere con que comparte parcialmente la ley de víctimas? ¿Promoverá candidato propio, como dice el presidente de su partido, o ayudará en la reelección? ¿Su agenda dependerá del conservatismo social pastranista en el que él militó, o del neoconservadurismo de Uribe?

Todo esto lo conoceremos de acá al 20 de julio. Mientras tanto, guardo la esperanza de que su experiencia en los diálogos con Alfonso Cano y su nueva investidura de ministro logren incidir en fórmulas creativas que permitan que el acuerdo humanitario sea prioridad del Gobierno, pero de éste, no de los de Ecuador y Venezuela. Más allá del despeje de Pradera y Florida y de los desgastados intermediarios, hay que hacer una interlocución directa y esa la puede hacer él.

El nuevo Ministro tiene la ventaja de que hacia atrás no tiene a quién emular. Ojalá que quien lo reemplace en el futuro tenga razones para pensar que releva a un verdadero conservador democrático. Así no se crea, que los hay, los hay.

 

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